Japón inexplorado, una epopeya en busca de lo desconocido

Una vez más, la editorial La Línea del Horizonte nos propone un viaje inolvidable —no solo a través de la geografía, sino también a través del tiempo— gracias a una de sus últimas publicaciones: Japón inexplorado, de la escritora británica Isabella Bird (Yorkshire, 1831-Edimburgo, 1904). La obra, con traducción y edición de Carlos Rubio, viene acompañada de una serie de grabados inspirados en el viaje de su autora.

 

Hija de un clérigo de clase media, Isabella Lucy Bird fue naturalista, fotógrafa, escritora e incansable viajera, vocación a la que se vio abocada por prescripción médica, en busca de alivio a la dolorosa lesión de la espina dorsal que sufría desde su juventud. En una serie de sucesivos viajes, recorrerá Estados Unidos, Australia, las islas Hawái, e iniciará en Japón un periplo que la llevará a conocer gran parte del este del continente asiático: Corea, China, Vietnam, Singapur y Malasia. Tras perder a sus padres y a su hermana Henrietta, en 1881 decide aceptar la propuesta de matrimonio del doctor John Bishop, de quien enviudó tan solo cinco años después. Fue entonces cuando decidió estudiar Enfermería y emprender viaje como misionera a la India, país donde fundaría sendos hospitales en memoria de su esposo y su hermana. Antes de regresar a casa, Isabella Bird recorrerá el Tíbet, Ladakh, Persia, el Kurdistán, Irán y Turquía. Toda una vida de intensas experiencias, que se vieron reconocidas al ser la primera mujer admitida en la Royal Geographical Society. Isabella Bird, mujer inteligente y de espíritu indomable, dejó plasmadas sus vivencias en una serie de libros, un extraordinario legado del que forma parte Japón inexplorado, redactado en estilo epistolar.

¡Había tanto que aprender, tanto que ver! ¡Ah, si me acompañaran más fuerzas!

Acostumbrados a nuestro mundo actual, dominado por la urgencia y en el que los medios de transporte nos ponen al alcance de la mano atravesar todo el globo y llevarnos a nuestras antípodas en un lapso de tiempo que se cuenta por horas o desplazarnos de Tokio a Kioto subidos en el Shinkansen en lo que dura un suspiro, la aventura narrada por Isabella Bird nos conmina a trasladarnos a un Japón pretérito que, a pesar de encontrarse inmerso en plena occidentalización a pasos agigantados y no siempre bien asimilados, todavía conservaba su esencia en los emplazamientos más remotos. Es este Japón ignoto, jamás hollado por un extranjero, el que Isabella Bird anhelaba encontrar. Su crónica comienza en mayo de 1878 y concluye en diciembre del mismo año, ocho intensos y agotadores meses en los que recorrió dos mil trescientos kilómetros, que, partiendo de Tokio, la llevarían a visitar el norte de la mayor isla del archipiélago japonés, Honshu, y a adentrarse en la inhóspita Hokkaido, donde llegó a convivir con el pueblo ainu.

 

Cuesta, pues, comprender en toda su dimensión la gesta de esta intrépida aventurera, de mente despierta y curiosidad insaciable, que se adelantó a la época que le tocó vivir y que no dudó en hacer frente, aun con la grave dolencia en la columna vertebral que la aquejaba y viajando sola —con la única asistencia de su intérprete, Ito—, a todas las dificultades con que se tropezó en su camino hacia ese Japón desconocido alejado de las rutas habituales y que ni siquiera aparecía en los mapas: lluvias torrenciales, calor sofocante, insectos y parásitos, caídas de monturas (algunas tan poco usuales como bóvidos), pobre alimentación, jornadas extenuantes a través de pedregosas sendas apenas transitadas y que, no obstante, también tuvieron como compensación la posibilidad de admirar la feraz y portentosa naturaleza del País del Sol Naciente y el acercamiento a sus gentes.

El panorama del interior sugiere infinitud. No parece haber límite ni a estas boscosas montañas ni a las sombrías quebradas.

A pesar de todo, Bird no deja de ser hija de su tiempo y hace alarde de una serie de comentarios que, si bien hoy tildaríamos de racistas, hemos de interpretar bajo el prisma de la época en que la autora escribe: finales del siglo XIX, período ya sumergido de lleno en el colonialismo. Así, si bien Bird describe a los japoneses sin escatimar improperios criticando su físico y llega a calificar a algunos de ellos vestidos a la occidental como «más parecidos a simios que a humanos», entre otras lindezas, o directamente tacha a los ainu de salvajes, al mismo tiempo, no deja de reconocer sus virtudes y de alabar su laboriosidad, su cortesía y atenciones, su obediencia según mandan los preceptos de la piedad filial y el candoroso cariño profesado a los niños, comportamiento que resalta en especial en el pueblo ainu, así como su honradez. De estos últimos sería Bird testigo de excepción, pues convivió con ellos durante un tiempo, convirtiendo, de este modo, su relato en una inestimable fuente antropológica, pues los ainu compartieron con ella sus costumbres, religión y creencias. Asimismo, Bird también se puede contar como uno de los primeros occidentales en presenciar un entierro budista y una boda tradicional, ceremonias que hasta la fecha habían permanecido vedadas para los visitantes extranjeros.

En un viaje de casi mil kilómetros que llevo no ha habido una mancha de paisaje a la que el sol no haya vuelto hermosa.

Isabella Bird, que siempre hizo gala de un escrupuloso respeto a las costumbres locales, supo apreciar con ojo certero el Japón más profundo y auténtico de su época, con su belleza y sus miserias, con sus virtudes y sus carencias. Hoy, casi siglo y medio después de ser escrito, el espíritu que alentó a su autora sigue vivo en sus páginas y llega a nuestras manos para transportarnos a ese Japón plagado de claroscuros que nada entre la melancolía y los sueños del ayer.

 

 

 

 

 

 

Japón inexplorado

Autora: Isabella Bird

Editorial: La Línea del Horizonte

Formato: Papel, digital

Año: 1880 (UK); 2018 (ES)

 

 

 

 

 

 

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