La mujer japonesa y el trabajo


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Ayaka Shiomura, legisladora japonesa alzó la voz aquel caluroso 24 de junio de 2014.

Muchos lugares de trabajo son incómodos y desiguales con las mujeres. Se necesita el dinamismo de la mujer en lugares donde hasta ahora escasea; mi experiencia en la asamblea de Tokio me ha demostrado que es así. Es importante aumentar el número de integrantes femeninas en las asambleas en busca de promulgar nuevas políticas que reviertan esta realidad.

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Ayaka Shiomura

Muchas voces se alzaron en su contra. Compañeros de profesión le preguntaban “¿Por qué no te casas?”, “¿No puedes tener hijos?”. Pero Shiomura mantuvo su determinación. “Cuando las mujeres brillen con luz propia, Japón será más y más radiante”. La legisladora terminó enjugándose las lágrimas.

Es prácticamente unánime que las mujeres -al igual que los hombres- están muy encasilladas en un rol de género en Japón. Apenas ocupan un 10% de los cargos de liderazgo en la empresa privada japonesa, más o menos igual que en la oficina pública. Pero no hace falta realmente irse a las cifras para ver una realidad que es escandalosamente evidente para cualquier gaijin que pase una larga temporada viviendo en el País del sol naciente.

Un japonés concibe esta situación como un hecho cultural; en ningún momento como una lacra. En el mundo laboral existe un término legal que define esta situación de exclusión a la mujer, seiteki iyagarase, habitualmente abreviado como sekuhara, que viene a traducirse a algo así como “acoso sexual”. Este acoso no va ligado necesariamente con un trato individual o físico del hombre a la mujer. Es más bien algo colectivo y psicológico. En última instancia, trata de representar las consencuencias negativas de los roles de género tan rígidos que están presentes en la sociedad japonesa.

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Cartel sobre sekuhara

Y hay que destacar que es una terminología bastante reciente. Japón es un país de progreso en muchos aspectos, sí, pero no así en casos como éste. El simple hecho de que esta conciencia de desigualdad que acarrea consecuencias negativas se esté empezando a hacer notar ahora lo demuestra. No hay que olvidar, por cierto, que al igual que la mujer está acorralada y debe ajustarse a su rol para mantener la armonía de la sociedad, igual ocurre con el hombre, con consecuencias también devastadoras.

La sociedad nipona está construida sobre unos valores que ponen por delante la estabilidad del colectivo, y por tanto, las quejas o reclamos para cambiar la situación actual son escasas, muchas veces porque son recibidas como dañinas y susceptibles de alterar el orden reinante. Cuando una mujer se queja sobre el comportamiento de superioridad que sus compañeros de oficina ejercen sobre ella puede acarrearle el estigma de rebelde, de peligrosa inconformista.

mujer-japonesa-trabajoEl primer caso en el que, en términos legales, se dio la vuelta a esta situación, fue un conocido caso judicial en 1989. En aquella ocasión, un trabajador comenzó a acosar mediante difamaciones a una compañera de trabajo, a causa de un ajuste de salario. El hombre recibía tres veces la cantidad que la mujer para exactamente el mismo trabajo; algo que motivó al trabajador a difundir falsos rumores de que su compañera se acostaba con el jefe o escribía novelas pornográficas. El jefe de ambos, en primera instancia, les recomendó que arreglaran sus diferencias entre sí, sin crear mal ambiente en el lugar de trabajo por el incidente.

Poco tiempo después, un nuevo jefe entró a la oficina. Puesto que la solución de su antecesor no funcionó, decidió solucionarlo despidiendo a la mujer. La decisión llegó finalmente a los juzgados, creando un auténtico revuelo mediático. Ese año se creó el primer precedente legal del “sekuhara”. Hasta entonces nunca se había llevado una situación así por vía judicial, que afortunadamente terminó con la victoria de la empleada en 1992.

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Casos de sekuhara reportados

Se establecieron varias leyes desde entonces que trataron de hacer frente a este tipo de altercados, pero que resultaron poco efectivas. En primer lugar, se empezó a exigir a la empresa que cuidara las demandas de las mujeres ante casos de acoso, pero, en caso de no hacerlo, la única consecuencia era una informal llamada de atención que pondría en jaque la imagen de la empresa. Poner en una situación embarazosa a la empresa propia por un fin “egoísta” no era desde luego un incentivo para quejarse, dado el concepto tan elevado del respeto paternal que se debe ofrecer al empleador en Japón; una conducta también muy enraizada en la cultura y que poco contribuye a mejorar la situación.

Por suerte, en los últimos años se están reportando muchos casos. Quizá la mentalidad está empezando a cambiar.

Fuentes:

thisjapanefelife.org

japantimes.co.jp

Huen, Y. (2007). Workplace Sexual Harassment in Japan: A Review of Combating Measures Taken. Asian Survey

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