¿Cuál es el secreto de la longevidad japonesa?

El imaginario popular japonés tiene una tendencia natural a asociar conceptos o ideas a imágenes. Esta costumbre es muy útil como método de aprendizaje, pues permite fijar en la memoria significados abstractos mediante asociación con elementos concretos. Los ideogramas japoneses o kanji pueden ser eficazmente aprendidos siguiendo este principio.

El concepto de longevidad se representa mediante el kanji 寿, cuya lectura es ことぶき(kotobuki). Hay algo interesante en el uso de este ideograma, ya que también se emplea con el significado de “felicidades” o “enhorabuena”, lo que nos indica la importancia que tiene para la conciencia japonesa el éxito que significa una vida duradera, o dicho de otro modo: ser capaz de combatir a la muerte lo máximo posible.

El poder de los símbolos

La tortuga de la longevidad, grabado de autor desconocido del periodo Edo

La simbología japonesa y la naturaleza también tienen mucha relación. Este caso no es excepcional, ya que a menudo se representa a la grulla y a la tortuga como símbolos de longevidad.  Las grullas siempre aparecían durante la época estival a causa de las migraciones: una bandada de aves majestuosas que sobrevivieron la época fría y regresaban, año tras año, dando la sensación de poder vivir más primaveras de las que se podían contar. Las tortugas son, objetivamente hablando, animales con una esperanza de vida muy elevada. Algunas de las especies terrestres llegan a vivir tanto como un ser humano, mientras que ciertas endémicas como la tortuga de las Galápagos son conocidas por superarnos.

Con esta mentalidad pictórica y culturalmente muy arraigada, los japoneses tradicionalmente han llevado una estilo de vida satisfactoriamente saludable, cuya finalidad es de hecho conservar la salud y hacer frente a las adversidades. La dieta sana, el ejercicio físico como parte de la vida diaria son los más evidentes, pero también podríamos señalar la existencia de rituales de relajación tan conocidos como el disfrute de un baño termal o la contemplación de la naturaleza.

Washoku, patrimonio de la humanidad y garantía de salud

Pirámide alimentaria japonesa

Hay estudios que señalan de forma explícita a los hábitos alimenticios como los responsables de la baja tasa de enfermedades y la alta esperanza de vida. En resumidas cuentas, la gastronomía japonesa (和食, washoku en japonés) contiene una relación nutricional excelente, aportando una alta cantidad y calidad de carbohidratos y fibra, procedentes del arroz, verduras y frutas, mientras que las grasas son minimizadas y el consumo de alimentos poco o nada procesados es la tendencia. El valor de la cocina japonesa le ha permitido obtener el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad.

Este conjunto de hábitos tiene también su reflejo en las preferencias personales a la hora de elegir menú en un restaurante. Mientras que en los países occidentales es habitual consumir alimentos con un alto contenido en sal y muchos saborizantes, y más en concreto, postres con alto contenido en azúcares, en Japón estos alimentos suelen  causar rechazo. Su paladar no suele aceptar de primera mano lo que al occidental común le gusta, lo que nos hace replantearnos si la relación entre “apetitoso” e “insano” que muchas veces asumimos realmente es cierta.

La importancia del colectivo

La compañía Ejima aún regenta la misma tienda de té y papel fundada en 1661, en Odawara.

La longevidad va mucho más allá de la salud individual, pues también se aplica a la salud colectiva. Es perfectamente conocido cómo en Japón se preservan costumbres, ritos y monumentos con siglos de antigüedad, pero la cosa es aún más impresionante cuando también descubrimos que las empresas más antiguas del mundo son niponas.

El ánimo de conservación de un arte, una disciplina o un hito pasado nace, en primer lugar, del profundo respeto. Si el bien que más valoras sobre todas las cosas es la longevidad, entonces la máxima muestra de respeto es precisamente garantizar la eternidad de aquello que tus antepasados te han legado. Es así como el teatro bunraku que se practica desde el periodo Edo o las tiendas de papel japonés sobreviven al paso de los siglos.

Hoy en día, acudir a una ciudad como Kioto significa contemplar muchísimos monumentos y templos con cientos de años de antigüedad. La cantidad y variedad de ellos y el notable estado de conservación es difícilmente comparable con el otros lugares del mundo: casi parece que estamos sumergidos en una gran ciudad museo. Más allá del valor turístico que la antigua capital japonesa posee, el valor humano es incalculable: ¿acaso no es esta una muestra intachable de amor por la propia humanidad y, más concretamente, su historia?

La longevidad es sabiduría

Una anciana entra en su hogar, tradicional japonés. Fotografía de Lee Chapman

En última instancia, la longevidad tiene una razón de ser práctica. En lugar de considerar que lo antiguo ya no es válido y debe ser desechado, la aproximación japonesa es diferente: la conservación de lo antiguo nos permitirá mantener presentes las enseñanzas del pasado, recordar aquellos errores que cometimos para que no se vuelvan a repetir. Este principio, que también tiene relación con las enseñanzas budistas, es un pilar fundamental en el pensamiento japonés.

Un ejemplo perfecto de esta filosofía es la reparación de objetos rotos con un sellado de oro (金継ぎ, kintsugi), una técnica que permite devolver a la vida a aquellas obras cerámicas que han sido rotas o resquebrajadas de una manera tan extraordinaria como bella. La ténica implica encontrar la belleza en aquello desvalido, subrayando con material precioso sus defectos, permitiendo alcanzar la longevidad a lo que en algún momento la perdió.

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