Cien mil sakuras – Capítulo 3

 

Toyotomi Hideyori va a llegar a este mundo y la sucesión de Hideyoshi está en boca de todos. El plan de Hidetsugu para asegurar su posición como kanpaku es urgente pues nadie sabe lo que su tío, inmerso en la invasión de Corea, puede estar tramando.

<< Capítulo 2

Capítulo 4 >>

Descargar en PDF EPUB

Comprar: Amazon

III

La sociedad tiende a erigir reglas para su propia protección. Los hombres fabrican ideales y alzan a sus antepasados como figuras venerables, tratando de alcanzar la armonía de la que disfrutaran en días ya pasados. Sucede que en ciertos periodos de la historia, como el de los países en guerra, la armonía se antoja tan remota que sólo queda una alternativa: la destrucción. Las reglas necesitan ser quebrantadas para poder volver a adquirir su sentido de existencia. Los hombres necesitan volver a su naturaleza salvaje para recuperar la humanidad.

Una silenciosa comitiva se movía en la capital. Las sombras cubrían las calles de Kioto con una penumbra persistente y el viento empujaba a sus paseantes con la misma violencia que desnudaba las ramas de los árboles. Se sabía que Hideyoshi estaba ausente, ocupado en sus gestiones militares, pero la intranquilidad reinaba en los rostros de los mercaderes y hombres de armas. Los rumores del futuro nacimiento del primer y único vástago de Hideyoshi ya eran de sobra conocidos. En otros tiempos, esta circunstancia habría despertado la alegría del pueblo llano, y se celebrarían grandes banquetes y ofrendas en su nombre. Pero ahora todo era distinto. Demasiada sangre se había derramado durante todos estos años a tenor de las disputas de poder, incontables veces el sol había iluminado los campos y pueblos anegados de cadáveres. Hijos que perdieron a sus padres, mujeres que lloraban de soledad, vasallos que jamás volverían a encontrar sentido a sus vidas. De tal sufrimiento solo quedaba ahora un aura de desesperanza, una profunda sensación de hastío vital.

En estas desafortunadas circunstancias, Hideyoshi había inaugurado un barrio de placer en una espléndida ubicación de la capital. Los más pudientes podían permitirse aquí pasar una tarde agradable en espectáculos, así como quienes desearan un rato de pasión tenían donde desahogarse. Tras los callejones de la zona oriental, una exclusiva casa de té recibía con absoluta discreción al selecto círculo de Hidetsugu. Con todo lujo se dio paso a cortesanos, generales, religiosos e incluso algún daimyo de provincias, todos ellos arremolinados con un ligero nerviosismo.

― Es por todos conocido el obsequio que nuestro augusto señor, mi honorable tío, ha recibido de parte del cielo. Por favor, encuentren comodidad y disfruten de las delicadas artes que he preparado personalmente  para honrar la ocasión ―anunció Hidetsugu con solemnidad. La expresión de varios asistentes se relajó visiblemente. El kanpaku observó su reacción, que ya esperaba. Respiró profundamente.

Tres geishas aparecieron en el escenario. Sus kimonos con motivos florales recordaban a la flor del crisantemo, hacían un juego perfecto con los rostros maquillados de una blancura perfecta. Se deslizaron formando un triángulo y agacharon la mirada hacia el tatami. De pronto, el sonido de un tambor inundó la sala. Con movimientos delicados y suaves, danzaban en círculo y elevaban sus manos, tratando de tocar con las yemas de los dedos el cielo. Sus esbeltas figuras atrapaban los ojos de los presentes: parecían estar suspendidas sobre una nube. Lejos de conseguir su deseo, las bailarinas aceleraban la danza con obstinación al mismo tiempo que los golpes de tambor reclamaban la atención para sí. Cuando la veloz percusión parecía ser orquestada por un demonio, tres golpes secos llevaron al silencio, y la danza se detuvo. Las geishas del crisantemo cayeron de rodillas, desgraciadas. Se tapaban los ojos con las mangas de sus kimonos, ocultando su llanto.

«¡Qué insoportable tragedia!

contemplar desde los prados

cómo se elevan los pajarillos

sobre el cielo

que nunca tocará mi piel»

El tambor rompió el silencio con una melodía que recordaba a la de una marcha militar. Se corrió la puerta de atrás y una cuarta geisha entró en la sala; su kimono estaba claramente inspirado en el rosa pálido de la flor de cerezo. Con un caminar grácil y elevado, se acercó decididamente hacia las desgraciadas geishas del crisantemo y, como por un acto divino, les confirió la voluntad para levantarse y volver a danzar. La danza circular previa se repetía, pero esta vez la geisha del cerezo balanceaba su abanico situada en el centro del círculo. En torno a ella, las tres bailarinas se elevaron, acariciaron el cielo. La fuerza de la belleza acompañaba a las flores del crisantemo y del cerezo para que volaran hasta más allá de lo que la vista alcanzaba.

«Ya puedo marchar al otro mundo

pues he gozado de la compañía

de la brisa primaveral

como la flor de cerezo

cuando abandona la rama»

Lentamente, las cuatro bailarinas se disgregaron en su danza, con una sentida despedida. La agridulce melodía del tambor les acompañaba, hasta que dejó de sonar.

Los asistentes mostraron una absoluta satisfacción por la obra. Algunos eran habituales en las casas de té y conocían este tipo de espectáculos, pero nunca habían presenciado un número tan elegante y poético. Otros, de gusto cultural menos elevado, no tenían palabras para describir su admiración por lo que habían visto y oído. Todos ellos felicitaron con sinceridad a Hidetsugu por su distinguida sensibilidad. Seguidamente, el elogiado tomó la palabra.

― Soy el máximo responsable de que este mundo al que llegue mi agraciado primo preserve la paz y los valores por los que velaron nuestros antepasados. Hasta hoy, he ofrecido mis servicios al Emperador con la máxima diligencia de la que he sido capaz, siempre con la inestimable sabiduría de mi honorable tío. Gracias a ello, el cielo nos brinda su favor. No puedo expresar con palabras mi emoción cuando pueda mostrar al nuevo miembro de la familia Toyotomi la grandeza de esta, nuestra tierra bendita por los dioses. Nuestro señor, regente retirado Toyotomi Hideyoshi, me ha encargado personalmente guardar la seguridad de su descendencia, tarea que espero llevar a cabo con el apoyo de todos ustedes, fieles vasallos.

Las formas de Hidetsugu eran de una sofisticación intachable. Tras la declaración los asistentes ejecutaron una profunda reverencia. La oratoria dejaba clara su disposición absoluta a Hideyoshi y por extensión a su primogénito. Pero también ofrecía una garantía a cambio: su permanencia incuestionable como kanpaku. A partir de ese día, Hidetsugu triplicó el tamaño de su guardia personal, tratando así de afianzar su posición. Asimismo, convides como el organizado en la casa de té le permitieron ganarse numerosas promesas de lealtad.

Hidetsugu estaba convencido de que el vástago no era realmente de su sangre. Su tío llevaba demasiados años tratando de tener descendencia y no era para nada probable que ahora, con casi sesenta años, lo hubiera conseguido. De hecho, los encuentros de Hideyoshi con la dama Yodo eran prácticamente inexistentes desde que comandaba la invasión de Corea. En otro orden, pensar que la concepción de su supuesto hijo ocurrió de manera accidental significaba ser un auténtico necio. O, más bien, subestimar enormemente a Hideyoshi. Apenas quedaban 5 meses para el alumbramiento del nuevo miembro Toyotomi, y si bien Hideyoshi se había mostrado en todo momento solícito con su sobrino, éste comenzaba a perder la confianza en el buen hacer de su tío.

― No comprendo sus ostentosas decisiones. ¡Construir un buda gigante! Va contra todos los principios morales del budismo y, por si fuera poco, está ocasionando un gasto de recursos casi ofensivo ―sentenció, enfurecido.

― La campaña de Corea se le ha ido de las manos. Es de una evidencia clamorosa que aquella tierra no cuenta con el favor divino. ¿Por qué no la abandona? ―cuestionaba a menudo con irritación.

― Muchos de sus vasallos apenas le rinden cuentas. Los daimyos de las provincias lejanas, como Date Masamune, podrían rebelarse. Le he aconsejado repetidamente que establezca un control férreo sobre estos asuntos. A cambio, sólo he obtenido su presuntuosa soberbia ―aseguró.

Todas estas observaciones, que compartía con su fiel consejero Yuusuke, le empujaban a pensar que Hideyoshi sufría algún tipo de locura. Esta sensación la compartían numerosos vasallos, que por supuesto no lo discutían abiertamente. ¿Eran delirios de grandeza? ¿Le aquejaba algún espíritu malicioso? ¡Qué lamentable situación para un señor tan honorable! Yuusuke trataba de apaciguar las frustraciones de su señor:

― Comprendo su sufrimiento pero, teniendo en cuenta la gravedad de la situación, sería incomprensible que su posición como kanpaku estuviese en peligro. Considere que su tío quiere asegurar el éxito del nombre para la eternidad, razón suficiente para tratar de ampliar el número de parientes de los que dispone. En modo alguno desearía que a mi señor le esperara un destino poco honorable, pero si llegase esa situación siempre podría confiar en el buen hacer de su agraciado primo.

Toyotomi Hideyori vería la luz de este mundo cuando la relación entre Hideyoshi y Hidetsugu ya estaba claramente enrarecida. La habitual correspondencia entre tío y sobrino se redujo a mínimos, así como sus encuentros. Para mayor inquietud de Hidetsugu y sus partidarios, Hideyoshi se afanó en construir la imponente fortaleza de Fushimi y la convirtió en su residencia, renegando del castillo de Osaka que ahora ocupaba su sobrino. ¿En qué pensaba Hideyoshi? Los peores temores se vieron confirmados un día de primavera cuando el kanpaku recibió la visita de cinco grandes señores: Miyabe Zenshobo, Maeda Tokuzenin, Masuda Nagamori, Ishida Mitsunari y Tomita Sakonshogen. Con la mayor ceremonia, preguntaron a Hidetsugu si estaba planeando traición contra su tío.

― ¿Cómo es posible esta situación? Creo que ha habido algún malentendido, juro por los dioses mi absoluta lealtad a mi augusto señor y tío Hideyoshi. ¡En ningún caso se me ha pasado por la cabeza la rebelión!

Con aplastante franqueza, aseguró que los contactos que había mantenido con otros señores e influyentes cortesanos (que evidentemente habían levantado sospechas) no obedecían nada más que a una voluntad de mantener unido al país. Su justificación se demostró efectiva pues los cinco señores comunicaron con tranquilidad a Hideyoshi que no debía preocuparse lo más mínimo de la disposición de su sobrino.

― ¡Qué impertinencia! No se pueden ocultar las intenciones maliciosas de una manera tan insolente. ¡Traedlo ante mi presencia! No aceptaré una negativa por su parte ―vociferó Hideyoshi, con el semblante colorado de rabia.

La amenaza sorprendió a los señores, que estaban convencidos de haber arreglado este asunto. Cuando acudieron a escoltar a Hidetsugu hacia el Castillo de Fushimi, éste aceptó la orden sin la más mínima queja.

― Sigamos los deseos de nuestro honorable señor. Estoy a vuestro servicio ―murmuró Hidetsugu con estoicismo―, este problema debe solucionarse cuanto antes.

Pero lo que sucedió en el Castillo de Fushimi fue aún más inesperado y triste. Hideyoshi, totalmente embaucado por los encantos infantiles de su hijo Hideyori, ni siquiera hizo acto de presencia frente a su sobrino. En su lugar, ordenó:

― Mi sobrino debe pagar por sus afrentas. ¡Enviadlo al exilio!

Apenas unos días tras su llegada y confiando en la comprensión de su tío, la decepción de Hidetsugu fue inenarrable. Destinado a la vida monástica, se rapó la cabeza y fue cercenado de todas sus obligaciones como kanpaku.

 

2 ideas sobre “Cien mil sakuras – Capítulo 3”

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: