El caminante, la tortuosa vía entre la lucidez y la locura

Angustia y desesperación, modernidad y tradicionalismo son los ejes fundamentales en torno a los que Sōseki construye El caminante, una historia narrada a dos voces que nos adentra en las profundidades de una mente atormentada.

El autor

El 9 de febrero de 1867, último año de sogunado, nacía en Tokio (todavía Edo) Natsume Kinnosuke, que, bajo el pseudónimo de Natsume Sōseki, se convertiría en el escritor nipón más conocido dentro y fuera de su país natal. Último de ocho hermanos, fue un hijo no deseado por una familia que, pese a pertenecer al funcionariado, se veía lastrada por una numerosa prole. Así pues, Sōseki, fue dado en adopción a otra familia, con la que convivió hasta que a los nueve retornó con sus padres biológicos. Aunque fue bien tratado por su familia adoptiva, sin duda, las experiencias infantiles marcarían el carácter de un hipersensible Sōseki, que pronto destacó en el estudio de la literatura china.

En 1884, por indicación familiar, ingresó en la Universidad de Tokio para iniciar estudios de Arquitectura, pero en 1890 se trasladó al Departamento de Lengua Inglesa, en cuya disciplina se licenció. Ya por aquel entonces conocía al poeta Masaoka Shiki, con quien desde 1886 compartió una estrecha amistad. Fue él quien lo inició en la composición poética de haikus. También fue en esta época cuando adoptó el sobrenombre de Sōseki, cuyo significado en chino es «terco».

Tras su licenciatura, en la primavera de 1895, Sōseki aceptó un humilde puesto como profesor rural en la remota Matsuyama (Shikoku), experiencia que posteriormente inspiraría Botchan (1906). Tras un año en Matsuyama, Sōseki se traslada a Kumamoto (Kyūshū) y, en junio de 1896, contrae matrimonio con Nakane Kyōko. La vida en pareja para ambos fue infeliz prácticamente desde el principio, debido a las crisis de histeria y depresión de ella y a la inestabilidad mental de él, que se sentía atribulado.

La joven pareja permaneció en Kumamoto durante cuatro años, hasta que en 1900 Sōseki acepta una beca del Ministerio de Educación para trasladarse a Inglaterra con el objeto de perfeccionar el idioma inglés. Los dos años de permanencia en Inglaterra serán los más sombríos en la vida de Sōseki, aprisionado entre la incomprensión occidental, la aplastante soledad y sin los medios mínimos para sobrevivir debido a lo exiguo de la aportación económica de la beca. Así pues, la estancia en Inglaterra tendría consecuencias demoledoras en el estado mental y anímico del escritor, que se afianzó en su escepticismo frente a la aceptación ciega de la cultura occidental.

En enero de 1903, Sōseki regresa a Tokio y pocos meses después acepta un puesto en la Universidad de Tokio, en sustitución de Lafcadio Hearn, que había sido despedido. La docencia, no obstante, no satisfacía el espíritu de Sōseki, que cada vez se sentía más frustrado, por lo que terminó por dedicarse exclusivamente a su labor de creación y crítica literarias.

En su haber, además de su archiconocida Botchan (1906), ya citada, podemos mencionar, entre otras, Soy un gato (1905), Almohada de hierba (1906), Sanshiro (1908), la trilogía constituida por las obras de madurez Más allá del equinoccio de primavera (1912), El caminante (1912), de la que a continuación hablaremos, y Kokoro (1914), su más refinada creación. Luz y oscuridad (1916) quedaría inconclusa por la muerte de Sōseki el 9 de diciembre de ese mismo año, debido a una úlcera de estómago, prologada afección que había sufrido desde varios años atrás. Quedaba para la posteridad una obra inmortal, brillante, salpicada de sarcasmo y crítica y cuajada de una agudeza psicológica inigualable.

La obra

Publicada por entregas entre 1912 y 1915 en el periódico Asahi Shinbun, la conclusión de El caminante se vio sometida a una prolongada dilación de cinco meses, debido a una crisis estomacal de Sōseki. El caminante es la segunda parte de la trilogía que abre Más allá del equinoccio de primavera y concluye Kokoro, obra cumbre de este gigante de las letras niponas.El caminante consta de cuatro piezas: «Amigo», «Hermano», «Después del regreso», «Angustia», que casi pueden considerarse como historias independientes y que están divididas, a su vez, en brevísimos capítulos. La obra está principalmente narrada en primera persona, salvo la última parte del cuarto apartado, de estilo epistolar. Como protagonistas angulares encontramos a un trío de personajes pertenecientes a la familia Nagano: Jirō, el principal narrador; Ichirō, su hermano mayor, y Nao, la mujer de este último. Los tres formarán un extraño triángulo de relaciones, en las que sobrevuela de manera velada el afecto de Jirō por su cuñada. Pese a las apariencias, no es Jirō el centro de toda la narración, sino Ichirō, cuya personalidad quedará finalmente expuesta en toda su dimensión al final de la novela, cuando su amigo, el señor H, desmenuce los entresijos de su mente atormentada.

Los que se esmeran por tener una educación formal y adecuada, en tener sus propias ideas, nunca son apreciados por la sociedad. Solo se los menosprecia.

La historia recorre casi un año de relaciones familiares y comienza con la visita a Osaka de Jirō, junto con su amigo Misawa, que termina hospitalizado por una afección estomacal. El motivo del viaje no es otro que concertar el matrimonio de Osada, criada de la familia Nagano, con un conocido de Okada, familiar lejano de los Nagano. La partida de Misawa casi coincide con la llegada a Osaka de la madre, el hermano y la cuñada de Jirō. Pronto se hacen evidentes los problemas de convivencia del matrimonio, hasta el extremo de que Ichirō sospecha de la fidelidad de su esposa, a quien acusa de una frialdad extrema, circunstancia que lo lleva a pedir a su hermano que ponga a prueba a su cuñada. A pesar de sus negativas, Jirō se ve obligado a aceptar las exigencias de su hermano, pero por un giro inesperado ocasionado por una tormenta, Jirō y Nao se ven forzados a compartir habitación durante una noche.

Por primera vez en mi vida me di cuenta de que no sabía nada de las mujeres. Nao era de esa clase ingobernable; no importaba lo que uno hiciera o dejara de hacer. […] Cada vez que hablábamos, tenía la sensación de que me manejaba a su antojo y eso, lo reconozco, me producía un inmenso placer. […] Arrastrada por las olas, fulminada por un rayo o lo que fuese: prefería morir de una forma extraordinaria, sublime.

Si bien nada deshonroso sucede entre ellos, Jirō descubre un atisbo de cómo se siente Nao en su matrimonio. Cuando regresan junto al resto de la familia, nada podrá mitigar las sospechas de Ichirō y, tras el retorno a Tokio, la relación entre los hermanos se irá deteriorando progresivamente, hasta el punto de que Jirō decide abandonar el hogar familiar e independizarse. El distanciamiento de Jirō, no obstante, no soluciona nada, pues la vida conyugal de Ichirō y Nao empeora cada día que pasa y la inestabilidad mental de Ichirō, con un temperamento antisocial y excesivamente intelectual e introspectivo, lo conduce a sufrir una profunda depresión. Será este el motivo por el que Jirō, acuciado por la preocupación de sus padres, pide finalmente ayuda al señor H, íntimo amigo de su hermano, para que lo invite a emprender un viaje reparador.

No he nacido exclusivamente para dar clases. Precisamente por la necesidad que tengo de hacerlo y de leer libros, creo que me pierdo la parte más importante de la vida: disfrutar de un sentimiento humano de una forma puramente humana.

Será a partir de este momento, en la recta final de la obra, cuando descubramos la verdadera dimensión de los problemas que asfixian a Ichirō. Con una personalidad que no sabe desenvolverse en un mundo en constante cambio, inmerso en una modernización voraz; con una mente excesivamente analítica, dotada de una inteligencia extraordinaria, muy por encima de la media, y que, sin embargo, se muestra incapaz de procesar toda la información que tiene a su alcance; con una hipersensibilidad que le impide relacionarse de manera normal con las personas a su alrededor, Ichirō, presa de la desesperación más absoluta y lleno de desprecio por sí mismo, se ve abocado sin remedio a tres soluciones extremas: la muerte, la religión o la locura.

A mí me parece que le resulta inevitable comportarse de esa manera debido a las presiones que la sociedad japonesa actual ejerce sobre los individuos. Esa realidad no nos permite actuar de distinta forma.

Frente a las tres primeras partes de la novela, en que la acción se desarrolla, diríase, como a cuentagotas, dosificando con cautela el progreso de la narración, la última parte, en la que la extensa carta del señor H revela la auténtica verdad y alcance de la situación, se transforma en un verdadero tratado filosófico que revela la profundidad de pensamiento de Sōseki, quien siempre ha destacado por la hondura de caracterización de sus personajes.

Yo no creo que una persona que no es capaz de ser feliz consigo misma tenga la capacidad de hacer felices a los demás.

En esta ocasión, nos brinda la posibilidad de construir el panorama completo de la historia y, en especial, de Ichirō, su torturada figura central (quizá, trasunto del propio Sōseki), ese caminante que avanza indeciso por la vida y que se tambalea en la fina línea que separa la cordura de la insania, a través de varios puntos de vista que conforman un todo como culmen de la obra, que, no obstante, deja inconclusos varios puntos de la trama. Tal vez ello pueda deberse al azaroso proceso de publicación de la novela, consecuencia de los problemas de salud de Sōseki, circunstancia que parece que lo obligó a implementar cambios en la estructura de la obra. A pesar de todo, ello no es óbice para que nos rindamos sinceramente ante la grandeza y madurez de Sōseki como escritor atemporal, que nos hace reflexionar sobre la posición del individuo en la sociedad, las relaciones personales, la precaria situación de la mujer o la soledad, tan profunda y oscura como un abismo.

 

 

 

El caminante

Autor: Natsume Sōseki

Traductores: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés

Editorial: Alianza Editorial

Año: 1912 (JP), 2023 (ES)

Formato: Papel (bolsillo)

 

 

 

 

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