‘Memorias de una geisha’ y su polémica 12 años después


La película producida en Estados Unidos y basada en el libro del mismo nombre fue una de las puertas hacia Japón que la filmografía abrió al espectador occidental. Desde que se lanzase, con toda la polémica suscitada, se vuelve imprescindible valorar con frialdad lo que realmente ofrece el filme y qué podemos decir del conflicto ya pasado.

Situemos un poco el contexto. Una geisha llamada Mineko Iwasaki decide colaborar con Arthur Golden, novelista norteamericano, y contarle su experiencia vital como geisha con la condición de que su identidad no sea desvelada -una exigencia imprescindible para mantener su honor en el tradicional oficio japonés- en la historia que firmaría como ‘Memorias de una geisha’. Golden no solo rompería la promesa sino que, según afirmó la geisha, tergiversaría la realidad. La novela fue un éxito al igual que la posterior película, que mantiene gran parte de la trama, y que también tuvo un éxito aceptable.

Entre otras cosas, la película ‘Memorias de una geisha’ da numerosos puntapiés al oficio de la geisha, tanto en el plano artístico como -aparentemente- en lo que a la realidad se refiere. Pero antes de entrar en cada uno de ellos expongamos brevemente la historia que cuenta el filme, la cual satisface -con rotunda eficacia, todo hay que decirlo- todas las necesidades de un buen producto comercial.

Chiyo es una niña de familia humilde que, junto a su hermana, es vendida a una casa de geishas. Su rol hasta la edad adulta, bastante alejado de ser una delicada mujer de compañía, es la de asistenta. Una serie de acontecimientos la llevarán posteriormente a convertirse en geisha, una ocupación a la que se ve forzada para pagar la deuda que debe a sus “compradores” y así ganar su libertad. Por suerte para ella, ser geisha le acerca también a su deseo más profundo, que es acercarse al hombre del que se enamoraría de niña, cuando su vida parecía derrumbarse. El desempeño de la protagonista como geisha resulta impecable, hasta el punto de que su virginidad es subastada al mayor precio jamás concebido.

Ya en esta breve sinopsis encontramos algunos aspectos, digamos, peliagudos. La película tira por tierra prácticamente todas las normas de etiqueta de la geisha: la asocia con la prostitución, con la trata de menores y con el mero hecho de que una geisha fuera personalmente conocida en todo el mundo a través de una obra de tal magnitud, rompiendo la privacidad cuidadosamente preservada hasta entonces. Ahora bien, ¿pone de relieve la película una realidad oculta o simplemente tergiversa los hechos en pos de volver la historia más atractiva?

Es posible que nunca encontremos una respuesta del todo fiable. Pensar que ninguna geisha jamás caería en la prostitución es pecar de iluso, pero al mismo tiempo se podría argumentar que entonces ésa que lo consintió no es una auténtica geisha. Lo mismo ocurre con el asunto de la virginidad y su venta al mejor postor. Entre otras cosas, si ser geisha va unido con evitar el sexo -tal y como marca la definición idealista- entonces la película no debería llamarse ‘Memorias de una geisha’, sino ‘Memorias de una bailarina’… o algo con más gancho.

Lo que quiero decir es, básicamente, que este aspecto no debería ser utilizado para tirarle piedras a la película, pese a su evidente tendencia a occidentalizar lo japonés. Esta tendencia la encontramos prácticamente en todos los ámbitos del filme. El director, Rob Marshall (Piratas del Caribe: En mareas misteriosas, Nine, Chicago) se preocupa de que el filme sea perfectamente digerible para el público occidental, eliminando casi todo elemento cinematográfico japonés. Incluso el idioma.

Las frases en japonés se pueden contar con los dedos de una mano. La decisión de rodar la película con actrices asiáticas -lo que dio pie a una extraña controversia por no ser estrictamente japonesas- hablando inglés fue quizá excelente en términos comerciales, pero desastrosa para la inmersión cinematográfica de un espectador mínimamente sensibilizado con lo japonés. El idioma es capaz de expresar muchas cosas que otro jamás podría, y esta circunstancia pesa mucho sobre el filme. Muchas de las japonesas de la película no sólo se expresan como norteamericanas, sino que también actúan y tienen carácter completamente occidental.

El caso es que hay un muy buen trabajo en otros ámbitos en lo que se refiere a captar la esencia de Japón. La fotografía es capaz de transmitir con gran habilidad todo lo que hace atractivo al paisaje japonés y a su arquitectura tradicional. Hay incontables planos de verdadera belleza e incluso, en ocasiones, se pueden ver algunos detalles típicamente japoneses, como en las escenas donde la protagonista está aprendido las normas de etiqueta de geisha. Este buen trabajo consigue que durante las más de dos horas de rodaje nos creamos que realmente estamos en Japón, una tierra exótica y fascinante.

Hay escenas que, por sí solas, son muy notables. Pero el conjunto de la película claramente se ha “estupidizado” para resultar atractivo como un blockbuster, lo que por ejemplo se ve claro en el desenlace de la historia. Toda la complejidad emocional que parecía haberse fraguado en el personaje de la protagonista es salvajemente destrozado para acabar con un tópico final feliz de hollywood. Se puede garantizar que este final es un episodio -seguramente no el único- que ha sido introducido a la fuerza para convertir la historia real de la geisha en una historia edulcorada y más amigable. Lo que refuerza la tesis de la geisha que inspiró la novela original.

Pero hay otra buena noticia en todo esto: Mineko Iwasaki escribió su autobiografía tras la publicación del aparentemente infame libro en el que se basa la película. A falta de leerla -aun temiendo que se ha convertido en un best seller- es probable que sea un testimonio más realista y menos alejado de la realidad que lo que produjo la efectista mano norteamericana.

Mineko Iwasaki

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