El desengaño de Koreeda: Un asunto de familia

 

Pocas veces salgo de la sala sorprendido tras ver una película “familiar” japonesa. Que no se me malinterprete: no es que no me gusten, de hecho las adoro, pero a menudo caen en los mismos esquemas y un abanico de conflictos prediseñado. Muy distinto fue con la última gran película de Hirokazu Koreeda, ‘Un asunto de familia’ —horrorosa traducción de ‘Shoplifters’ en inglés o ‘Manbiki kakozu’ en japonés, que viene a ser algo así como ‘El robo familiar’— que da un vuelco a los principios y las formas de abordar el cine costumbrista tan tradicional japonés.

El concepto de familia japonesa difiere en algunos aspectos del europeo, pues históricamente es habitual que algunos integrantes y portadores del apellido familiar sean personas sin lazos de sangre, como los hijos adoptados de otra familia que pueden aceptarse íntegramente como propios, mientras que los hijos propios se pueden “desahuciar” en favor de la familia del cónyuge. En un contexto utilitario, este sistema permite la formación de unidades familiares clásicas: dos abuelos, dos padres y los hijos varones con sus esposas.

 

La devaluación de este sistema comenzó tras la Segunda Guerra Mundial, especialmente debido a las condiciones de pobreza, y en la actualidad es mucho más que habitual. La película de Koreeda viene a resaltar en primer plano el papel de la familia mientras pone en cuestión el valor de los lazos familiares genéticos. ¿Hasta dónde es razonable confiar el futuro de uno mismo a sus parientes?

La familia que protagoniza ‘Un asunto de familia’ es de clase muy baja. La escena que abre la película nos muestra uno de sus principales métodos de supervivencia: el hurto indiscriminado en un supermercado local a manos del padre de familia y el hijo, los incontestables Lily Franky y Jyo Kairi, quienes forman la mejor pareja del largometraje. Lo que sigue a continuación es una serie de catastróficas, pero encantadoras desdichas.

 

No es que el objetivo principal del director sea moralista, más bien se propone contar una historia lejos del idealismo y con todos los personajes —sí, todos ellos— con traumas familiares profundos que les han conducido a la exclusión social severa. Y eso es, precisamente, lo que les mantiene unidos. ¿Cuántas familias se habrían desintegrado de no ser por el estigma social que conlleva?

Las dos horas de largometraje nos dejan una cantidad ingente de escenas que reflejan la pureza humana que Koreeda sabe extraer de sus personajes, que distraen al espectador con maestría de la trama principal, que por momentos parece inexistente, aunque un ávido seguidor del director japonés sabe que gran parte de la miga en su cine consiste precisamente en eso, dejarse encantar por los momentos interpersonales de la familia y hacer que el espectador desarrolle un vínculo con todos y cada uno de los miembros del grupo. En ‘Un asunto de familia’ esta técnica permite que el desenlace de la película sea absolutamente impactante.

 

La cinta permite una reflexión de varios ángulos. Es difícil dictar, con la película en la mesa, qué significa realmente el amor entre un padre y un hijo, o entre una pareja de conveniencia. En la realidad, el nexo real de la familia es un conjunto desordenado de intereses, muchos de ellos egoístas, algunos materiales y otros emocionales, y quizá también sexuales. La representación de esta problemática, llevada a cabo por un elenco de actores excepcional, redondea una obra atrevida, diferente y con inusitada naturalidad.

La actuación emblemática es por supuesto la de Kirin Kiki, cuyo fallecimiento el pasado año fue un duro golpe para la escena cinematográfica japonesa. Su papel, como el la mayoría de actores, se fundamenta en la ambigüedad y la contraposición de los valores japoneses. Queremos más Koreeda innovador y rebelde, sobre todo en pantalla grande de un cine en España, que ya es todo un lujo.

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