Suicidio ritual: el general Nogi Maresuke

Los periodos de la historia de Japón están tradicionalmente delimitados por la vida de los emperadores. El periodo Meiji (1868-1912), entra en un grupo de los más selectos de la historia del país nipón, siendo el suicidio del general Nogi, miembro destacado del Ejército Imperial, el que subrayaría el fin de la era.

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Emperador Meiji

El emperador Meiji fue una figura clave para el Japón moderno. Jugó un papel vital en la apertura del país al exterior, forzando la salida de la élite militar (shogunatos) que regentaba el país desde hace siglos. Durante la era a la que da nombre sucedieron varios acontecimientos que calaron hondo en la sociedad japonesa, causando un profundo sentimiento de identidad nacional. Lo occidental se adentraba en sus vidas, en sus casas, en cuestión de años. Era, para algunos, un cambio necesario, pero que ponía en peligro las valiosas tradiciones.

Poco a poco, en la mentalidad de la población japonesa se fue generando un fuerte sentimiento de deuda con el emperador. La voluntad común, colectivista, era la de aprender del extranjero para que, con esfuerzo, la nación llegara a ser poderosa y valiente. La élite samurai, ya extinta, se reconvirtió a una nobleza no militar que seguía haciendo gala de los valores de bushido, siendo la familia imperial su modelo a seguir.

Un claro exponente de esta mentalidad fue Nogi Maresuke. Nacido en Edo, hijo de samurai y ferviente defensor del honor y de la causa imperial, representó a su país en múltiples confrontaciones, destacando entre ellas la guerra ruso-japonesa, en la cual obtuvo gran reconocimiento.

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Nogi Maresuke

Su talento militar no fue lo único que le hizo ser muy querido por la población japonesa; lo fue también su profundo lamento hacia los compatriotas caídos o seriamente dañados por el combate. Dedicó gran parte su fortuna a los hospitales en los que yacían los supervivientes. Es especialmente recordado con solemnidad su sentimiento de culpabilidad por las 56.000 muertes de la campaña de Port Arthur, un número demasiado elevado para el general, que le empujó a solicitar su seppuku al emperador. Éste le negó tal derecho, instándole a permanecer a su servicio hasta su muerte.

Y, efectivamente, cuando el emperador Meiji murió, Nogi le siguió a la tumba. Cometió el suicidio ritual con su esposa justo después de la ceremonia póstuma, tal y como dicta el código samurai. En su nota de suicidio pedía disculpas por sus errores durante su tarea militar, motivación teórica de su ansiedad por quitarse la vida. Sin embargo, para muchos japoneses, el significado de este suicidio fue mucho más que eso, y de hecho, representa uno de los últimos suicidios de espíritu verdaderamente samurai.

Se conocen casos de ciudadanos japoneses a los que esta noticia – la muerte del emperador y sucesivo suicido de Nogi – causó tal impacto que les empujó a cometer suicidio. El seppuku del general fue entendido como una de las últimas muestras de identidad tradicional japonesa, de lealtad hacia el emperador y como un síntoma claro de la decadencia moral a la que se estaba acercando el país. Algunos escritores, como Natsume Soseki en su novela ‘Soy un gato’ representan este mismo fenómeno.

El país entero se sumergió en un luto profundo, según entraba la era Taisho. Las lamentaciones sobre la pérdida de dos figuras tan significativas, la incertidumbre de lo que depararía a Japón se sintieron durante años. Hoy en día, el general Nogi es venerado como un símbolo.

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