‘Confesiones de una máscara’, la génesis de Yukio Mishima


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Vale la pena decir génesis, porque ésta fue la obra que puso el marco del genio Yukio Mishima que llega hasta nuestros días. ‘Confesiones de una máscara’ es una novela fascinante, llena de crítica y autocrítica y con tintes autobiográficos que la hacen aún más interesante.

Mishima escribió ‘Confesiones de una máscara’ (仮面の告白, Kamen no kokuhaku) con sólo 24 años, y de facto se ha convertido en una obra maestra de la literatura universal, reservando un sitio privilegiado para él en la generación literaria de posguerra japonesa. Pero, cuidado, Mishima queda lejos de ser un one hit wonder, ya que toda su producción literaria es digna de estudio y consideración.

La obra, escrita con gran precisión en primera persona, parece en todo momento alinearse con la personalidad de Yukio Mishima. El autor, uno de los más polémicos del siglo XX, culminó su vida cometiendo suicidio ritual a temprana edad. Y es muy evidente que en muchas de sus obras hay referencias a la muerte, al gusto por un fin épico a la vida y la incapacidad para adaptarse a una sociedad que considera enferma, falsa, de cartón piedra. En ‘Confesiones de una máscara’, Mishima da una visión muy profunda sobre estos temas ya en su más tierna juventud.

Pero el tema central de la novela, que vincula a todos los demás, es su homosexualidad y sus extremos fetichismos. En ningún momento se vuelve una lectura de carácter erótico o sexual; si bien sí que se relata con considerable detalle la concepción del erotismo tan personal que tiene el autor. Y es algo que resulta realmente fascinante, a la par que se plasma de una forma totalmente intelectual. Mishima plantea preguntas que no consigue responder de manera convincente ni él mismo, lo que le ocasiona un desasosiego existencial sin precedentes.

Todos dicen que la vida es un escenario. Pero la mayoría de las personas no llegan, al parecer, a obsesionarse por esta idea, o al menos, no tan pronto como yo. Al finalizar mi infancia estaba firmemente convencido de que así era, y que debía interpretar mi papel en ese escenario sin revelar jamás mi auténtica manera de ser. Como esa convicción iba acompañada de una tremenda ingenuidad, de una total falta de experiencia, pese a que existía la constante sombra de una duda en mi mente que hacía sospechar que quizá no estuviera en lo cierto, lo indudable que consideraba que todos los hombres enfocan la vida exactamente como si de una interpretación teatral se tratara. Creía con optimismo que tan pronto como la interpretación hubiera terminado bajaría el telón y que el públicao jamás vería al actor sin maquillaje.

Mishima, al igual que Soseki y otros autores de la época, se muestran profundamente desengañados con la sociedad. En la óptima de Mishima que leemos en ‘Confesiones de una máscara’ se afronta este tema de una manera estrictamente subjetiva y personal. Mediante un relato cronológico de su vida, que va desde los inicios de su sexualidad a los 12 años, hasta su etapa adulta, intenta comprender por qué la falsedad es un ingrediente inevitable en el mundo en el que vive. Un mundo al que, por cierto, intenta adaptarse de manera estoica.

Pero también habla de amor. Su búsqueda de un amor que le viene predefinido por la sociedad y en el que tampoco parece encajar; pese a que ocasionalmente le reporta satisfacción. Plantea de manera implícita la incógnita de la necesidad de amor y la necesidad de ser amado por alguien. El relato es de líneas disfusas, tan difusas como las de un joven que todavía no tiene claro cómo funcionan los sentimientos ni la vinculación de éstos con lo que marca la sociedad.

Todo este trascendental retrato biográfico está narrado de una manera espectacular. Mishima demuestra tener un don para la palabra, para definir su indefinida profundidad psicológica y para crear imágenes en la mente del lector que son difíciles de olvidar. El estilo de la novela parece realmente el producto de una reflexión profunda del escritor durante muchos años, durante los cuales ha perfilado el significado de cada uno de los sucesos que ha vivido. En definitiva, es una lectura que atrapa, que engancha, y que consigue que te metas en la piel del protagonista, pese a que tengas evidentes diferencias con él.

Si el premio Nobel significara realmente el máximo reconocimiento a la literatura -un asunto eminentemente subjetivo- sin duda Mishima fue un digno candidato al mismo. Finalmente fue otorgado a su contemporáneo y amigo Yasunari Kawabata, no menos merecedor del galardón. Pero la obra de Mishima es, sin duda, un tratado sobre humanidad a través de los ojos de un genio de 24 años.

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