De viaje por la Vía Láctea en el tren nocturno de Miyazawa Kenji

Un tren surcando la noche es un símbolo poderoso presente en multitud de historias, tanto fantásticas como realistas. Es, también, el protagonista de una novela esencial en la literatura japonesa. Cargada de significados y con un gran sentido pictórico, la obra de Miyazawa Kenji brilla con luz propia como un gran estrella en una despejada noche de invierno. Ésta y otras dos historias más forman una parte muy importante de la mente privilegiada del escritor japonés.

El tren nocturno de la Vía Láctea

Autor: Miyazawa Kenji

Traducción: Paula Martínez Sirés

Prólogo: Shigeko Suzuki

Editorial: Satori Ediciones

Año: 2018

Los tres relatos que hallamos en este compendio son ‘Gauche, el violoncelista’, ‘Matasaburo, el dios el viento’ y el mencionado ‘El tren nocturno de la Vía Láctea’. Aunque entre los tres relatos no llegan a sumar dos centenares de páginas, se puede decir sin temor a equivocarse que la personalidad del autor que nos ocupa queda perfectamente representada en ellos. Miyazawa, un hombre de principios y dedicado a su oficio, es recordado como un escritor innovador que durante su corta y accidentada vida dejó muchos y caóticos escritos cargados de imaginación y reflexiones.


La primera lectura que encontramos es ‘Gauche, el violoncelista’ (Cello hiki no Goshu セロ弾きのゴーシュ), un relato prácticamente impecable. ¿Cuál es el secreto de un torpe músico para aprender a tocar? Cada día en los ensayos algo parece no ir bien… pero por suerte, nuestro amigo del violoncelo conoce a unos cuantos animales que pueden ayudarle. Aunque a veces son muy pesados, especialmente el gato que le visita y el pájaro que viene a acompañarle con su canto, hacen que el ambiente en casa sea mucho más ameno con sus sugerencias. ¿Cómo? ¿Que los animales hablan? Claro que sí. En el mundo de Miyazawa la realidad y la fantasía se mezclan y dan lugar a situaciones de lo más divertidas en esta historia cargada de ternura.

Después viene ‘Matasaburo, el dios del viento’ (Kaze no Matasaburo, 風の又三郎), el escrito más japonés de los tres y gracias al cual descubrimos la cara más inocente de la literatura del autor. Matasaburo, el niño nuevo de la clase, no es un chaval como otro cualquiera. ¡Es el dios del viento! pero sólo unos pocos compañeros de aula lo saben. De maneras extraordinarias, el chico es capaz de controlar las tormentas a su antojo, ¡qué miedo! pero eso es lo de menos, pues cuando entabla amistad con sus compañeros, estos le tratan como a un igual.

-¿Por qué cuesta más atrapar las garzas? -dijo Campanella, quien ya hacía rato que quería hacer esa pregunta.

-Verás, chico -respondió el hombre que atrapaba pájaros-, el problema es que hay que colgarlas y dejarlas reposar unos diez días mientras las baña el reflejo del agua de la Vía Láctea; o eso, o bien cubrirlas con arena tres o cuatro días para que se evapore todo el mercurio que contienen y sean comestibles.

-Pero esto no es un pájaro, sino una simple golosina, ¿verdad? -inquirió Campanella. Al parecer, tanto él como Giovanni habían llegado a la misma conclusión.

Nos queda la joya de la corona, ‘El tren nocturno de la Vía Láctea’ (Gingatetsudō no yoru 銀河鉄道の夜), un auténtico tornado de imágenes, colores y magia con un inolvidable final. La narrativa alcanza su máximo apogeo onírico y nos empuja a seguir pasando páginas sin terminar de entender lo que está pasando, totalmente cautivados con el relato. La simbología y las referencias a la vida y obra del autor son innumerables -y buena cuenta de ello da el comentario posterior incluido en la edición de Satori- convirtiendo la lectura en un ejercicio más denso de lo acostumbrado.

No hay duda ninguna de que la elección de los relatos que forman el ejemplar publicado por Satori es acertada, y nos permite disfrutar de este autor tan peculiar que es Kenji Miyazawa, un personaje muy diferente a lo habitual en la literatura japonesa -la cual ya de por sí es única- con muchos ecos de distinta naturaleza. Los relatos, por su estilo fantástico y desenfadado pueden ser muy atractivos para lectores de todas las edades: es innegable la inocencia que se desprende de las letras de Miyazawa, que al mismo tiempo tiene un trasfondo filosófico y simbólico al que conviene prestar atención.

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