‘Una pastelería en Tokio’ y la belleza de envejecer


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Seguramente ‘Una pastelería en Tokio’ forma parte de ese cine japonés difícil de encontrar que preserva los valores más antiguos del país del sol naciente, al mismo tiempo que se presenta como una película directa, sencilla de ver y actual. Naomi Kawase ha vuelto a conseguir un equilibrio perfecto entre los muchos significados que imprime en sus películas.

pasteleria-tokio3Tratar de explicar en un texto cómo ‘Una pastelería en Tokio’ (あん, ‘An’ en japonés) es excepcional sin que parezca que estamos hablando de una película profundamente japonesa es bastante difícil. Pero cuando uno empieza a ver los primeros 20 minutos del filme ya se queda totalmente atrapado en sus encantos, y eso sin ningún suceso extraordinario, ni efectos especiales. Simplemente con la presentación de los personajes la atmósfera que se crea alrededor de la pantalla ya es palpable. Se puede sentir el sosiego espiritual que sólo un buen cine puede transmitir.

El filme se sitúa en un negocio de venta de dorayakis de Tokio -sí, los famosos pasteles redondos de Doraemon– regentado por un joven de pocas palabras -Masatoshi Nagase. La pastelería recibe un día una visita poco habitual. Una señora mayor de 74 años -Kirin Kiki- se acerca a la ventana y, tras leer que hay una vacante para trabajar en la elaboración de los dulces, pide al tendero el trabajo. El título original de la película, “an”, es el nombre de la pasta de judías rojas que sirve de relleno al dorayaki, y que es lo que unirá a los dos personajes.

pasteleria-tokio2Como si fuera una obra de teatro, casi todo ocurre en la pastelería, un local pequeño en el que algunos colegiales acuden a diario a comer dorayakis, y que tiene una pequeña y estrecha cocina en la que se confeccionan los pastelitos. Durante la elaboración de los mismos asistimos a un espectáculo de artesanía en la que los dos protagonistas interpretan una de las mejores escenas de la película.

Pero evidentemente la película tiene fines más elevados que los dorayakis y la interesante relación entre los dos protagonistas. Ésta es una historia profundamente espiritual, en la que se habla sobre la muerte, la edad y la enfermedad; pero también sobre la vida. No sorprenderá a nadie que conozca a Naomi Kawase la carga dramática que se va cosechando poco a poco durante la película.

pasteleria-tokio4Puede parece una película triste y emotiva y ciertamente lo es, pero también deja espacio para la filosofía zen, aquella que acepta la vida como un ciclo, que capta la belleza y sabiduría de la edad y que, en vez de sucumbir ante la enfermedad, la integra como un ingrediente más del día a día con el que se puede vivir en armonía. Son todos temas muy conocidos ya en la filmografía de Kawase, y que como ya ocurría en ‘Aguas tranquilas’ son retratados de una manera exquisitamente poética.

No es ninguna barbaridad decir que ‘Una pastelería en Tokio’ podría ser la mejor película japonesa de 2015, al menos de las que han llegado a nuestro país. Es sin ninguna duda un exponente de cine nipón de calidad, del que marca la diferencia y recoge un espíritu y una cultura milenarios.

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