Una flor: realismo feminista

Tras la segunda guerra mundial, Japón pasó por un período conflictivo, en el que la identidad de su pueblo se vió alterada por la reforma cultural y los estragos bélicos. La rendición incondicional tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki fue recibida con confusión, pero entre las sombras de la humillación el cansancio se encontraba la alegría de una nueva paz. Miyamoto Yuriko relata con cuidado la influencia de este contexto en las vidas de las familias corrientes de clase baja, y más concretamente en las mujeres. Lejos de misticismos y largas contemplaciones, el realismo sin adornos que Yuriko describe sumerje al lector en la vida de sus protagonistas haciéndole sentir un vecino más de la historia. El lector se sorprende a si mismo preocupándose sobre asuntos cotidianos de los personajes como si fueran propios.

La visión y papel de la mujer en Japón se ha visto empañada en varias ocasiones, bajo las palabras masculinas que las describían. He encontrado relatos y cuentos en donde la mujer era una musa portadora de pasiones, un ser puro (o por el contrario terriblemente impuro) con un objetivo secundario siempre alrededor de un hombre. Las mujeres que la autora describe, sin embargo, muestran una visión mucho más realista y compleja de la realidad, cuya experiencia y responsabilidad les concede una perspectiva madura del mundo que les rodea.

Antes de comenzar a hablar de cada relato por separado, me gustaría hacer una breve introducción sobre la autora. Miyamoto Yuriko nació en el seno de una familia de clase media alta en 1899. Su carrera como escritora comenzó a los 17 años, cuando publicó un relato que tuvo una gran acogida. Vivió en Nueva York donde conoció a su primer marido y posteriormente en Rusia con una amiga. A su vuelta encabezó el movimiento de literatura proletaria, lo que le costó una fuerte persecución política, hasta su muerte en 1951. Esta autora no sólo es considerada una de las feministas más relevantes de Japón, también su retrato de la postguerra goza de importante prestigio en la historia japonesa.

El primer relato que le da nombre a la colección de esta reseña, Una Flor, se desenvuelve alrededor de Asako, una joven periodista que trabaja para una editorial. Asako, viuda y diligente, pasa sus días centrada en el trabajo y en su mejor amiga Sachiko. Uno de los detalles que me hizo sumergirme más en la lectura de este relato eran las conversaciones ligeras. Los personajes hablan con naturalidad, se corrigen entre ellos y a veces reaccionan en silencio, lo que da una sensación de realismo muy fuerte.

Por herencia china, en Japón el concepto del Yin y el Yang están profundamente unidos al género (que no al sexo), de modo que el Yin suele tender a la feminidad. Uno de los capítulos concluye, por ejemplo, con una sútil metáfora alrededor de este concepto, pues Asako escucha una conversación sobre el equilibrio de una ilsutración basándose en el Yin y el Yang. Cada reflexión que tiene la protagonista (casi a modo de autobiografía) sobre la mujer, surge de un acontecimiento cotidiano; tiene unas bases mundanas.

Creo que una de las cosas más interesantes de este relato es una conversación que tiene Asako con el primo de su amiga, sobre la igualdad de género y el trabajo. Asako habla de no vivir para el trabajo, si no trabajar con conciencia de lo que hace, para considerar que vive con su trabajo.

El segundo relato, La planicie de Banshu, narra desde una perspectiva muy íntima como vivió el pueblo japonés la rendición en la segunda guerra mundial. En los personajes se entrevee un ápice de vergüenza y confusión, pero siempre desde un tono apaciguado. La historia de desarrolla entorno a Hiroko, una joven escritora cuyo trabajo se ve afectado por la censura, viaja a un pueblo costero desde Tokyo con la intención de visitar a la familia de su marido encarcelado. Este relato, además, está íntimamente ligado con la autora, que utiliza a los personajes para escenificar su propia experiencia. Es impresionante la manera en la que la autora transmite la angustia de Hiroko a la vez que muestra la dura realidad que la rodea. Desde los pasajeros del tren hasta la familia a la que visita, se entrevee con sutileza el peso de la rendición, también se plantea en el paisaje descrito de la postguerra.

Aunque el relato entero está cargado de contenido político y emocional, y hay montones de escenas destacables, creo que si tengo que elegir un momento del relato es un intercambio de sonrisas entre Hiroko y su marido en una situación francamente oscura, que crea una atmósfera de tranquilidad frente a la tormenta emocional de todo el relato. Creo que la planicie de Banshu es una lectura obligatoria para todo aquel interesado en historia, no solo de Japón, si no también de la segunda guerra mundial.

El último relato, Hierba del viento, es una continuación del relato anterior. La reunida pareja, después de años de separación, se esfuerza por sincronizar su intimidad en un Japón devastado y cargando a sus espaldas el peso de su situación emocional. Una de las cosas que más me ha asombrado de este relato es la empatía de la protagonista. Ella dedica frecuentemente sus pensamientos a otras mujeres que durante la guerra o posteriormente habían perdido a sus maridos o habían sufrido por su situación familiar. Hiroko comparte todos estos pensamientos con su compañero. La forma en la que la pareja afronta sus problemas están llenas de ternura, pero sobre todo rebosan realismo. La autora también introduce carga política en este relato, pese a tener un tono más íntimo que el anterior.

Los relatos de la autora transportan al lector a un Japón devastado, pero también muestran la voluntad de sus familias y la fuerza de las mujeres. Esto es importante porque, en otros relatos de esa y otras épocas escritos por hombres, las mujeres son poco más que seres dulces y misteriosos, a veces fuertes pero con una profundidad escasa. La autora le concede a la mujer una nueva faceta, la complejidad en su personalidad, sus pensamientos, y su peso político. Algunas de las escenas, lejos de desmitificar el pudor, la dulcura y la prudencia que algunas mujeres muestran en relatos narrados por hombres, aborda estos mismas características pero aportándoles un contexto. La mujer no es pudorosa por naturaleza, si lo es tiene un motivo (generalmente nada individualista); la mujer no es dulce de nacimiento, si no que procura aportar fuerza a los que le rodean (quizás) o procurarse ánimo a si misma; tampoco la mujer es prudente y sensata todo el tiempo, pero siente sobre sus hombros el peso de la responsabilidad. En definitiva, esta colección supone un antes y un después en la narración japonesa, y sin duda le aporta perspectiva.

La edición que he leído es de la editorial Satori. El libro se presenta en una cuidada edición de bolsillo. Creo que lo que más me gusta de este libro son los apuntes a pie de página. Cada relato está repleto de aclaraciones históricas y apuntes de traducción que ayudan al lector a comprender el contexto. Además, antes de comenzar los relatos, se incluye unas notas de traducción para introducir algunas decisiones sobre el texto. Por ejemplo, creo que una de mis aclaraciones de traducción a pie de página favoritas reza “Hipocorístico de Asako” y es que han mantenido una forma cariñosa de pronunciar el nombre se ese personaje (Assape) para que no se perdiese el tono de la escena. Es un detalle aparentemente poco importante, pero indica la atención con la que el texto ha sido traducido para que no se pierda nada.

En resumen, Una Flor no me ha dejado indiferente, me ha ayudado a ver una perspectiva realista de la sociedad japonesa en una etapa clave de su historia. Me encanta, además, que sea desde una perspectiva femenina, la gran acallada en Japón durante años.

Portada de la edición


Autora: Miyamoto Yuriko

Traducción: Hiroko Hamada y Virginia Meza

Editorial: Satori

Año: 2017

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