Tanizaki, el hombre y la sombra

Por Luis Caldeiro

‘El elogio de la sombra’ (陰翳礼讃, In’ei Raisan) es un libro pequeño, de apenas 95 páginas y, sin embargo, constituye una obra monumental. Editado por Siruela, este ensayo fue escrito en 1933 por un hombre de aspecto recio, enérgico, llamado Junichiro Tanizaki.

El elogio de la sombra

Autor: Junichiro Tanizaki

Traducción: Julia Escobar

Editorial: Siruela

Formato: Papel, Electrónico

Año: 1933 (JP), 2013 (ES)


Junichiro Tanizaki

Que no les engañen las apariencias: Tanizaki poseyó también un espíritu refinado, algo que suele llevar aparejado una sensualidad que desborda los límites de lo convencional. Hasta tal punto, que a principios del pasado siglo fue censurado por hablar de sadomasoquismo, travestismo, fetichismo, relaciones crueles y destructivas. De hecho, Alfaguara publicó en 2016 un volumen con once relatos suyos -seleccionados por Carlos Rubio, uno de los mejores especialistas españoles en literatura japonesa-  bajo el título ‘Cuentos de Amor’, título que hizo exclamar al poeta Luis Antonio de Villena: “Amor me pregunto si existe en los cuentos tal como lo entienden novios y familias. Creo que no”. También dijo de él que tuvo “una juventud escandalosa” y lo definió como “un decadente en la línea que puso de moda el simbolismo francés”, aunque lo fue “al modo de Japón, incluso en uno de sus relatos más antiguos, ‘Tatuaje’.

Nacido en 1886, cuando aparece ‘El elogio de la sombra’ su autor tiene ya, por tanto, casi cincuenta años. Desde la atalaya que le proporciona la edad, y tras haber abrazado en su juventud, no sólo la literatura, sino también la moda y los modos occidentales, Tanizaki se ve en una posición inmejorable para volverse hacia su propio país y acometer la tarea de analizar su cultura, identidad y estética. Como dice De Villena, “con la modernidad -o esa modernidad- aprendida”, se sintió tentado “por la propia y rica tradición nipona”, que supo “renovar de modo muy singular y significativo”, junto a los dos escritores que, según suele afirmarse –“pero los tópicos salen de una verdad”, señala el poeta– forma la tríada más importante de la literatura japonesa del siglo XX: Yasunari Kawabata y el siempre controvertido Yukio Mishima.

Que Occidente ha forjado un constructo llamado Oriente –un conjunto tan enorme y dispar que abarca desde el Canal de Suez hasta el remoto Japón– y que en él ha depositado todo lo que identifica como “El Otro” o “la Alteridad”, es cosa bien sabida. Que al reflejarse en ese espejo obtiene, por contraposición, su propia imagen, es algo que se palpa en cada página de este delicioso libro. Conforme avanza la lectura, saboreamos las cualidades que siempre hemos adjudicado a nuestro reverso oriental y de las que, por contra, carecemos. Una de ellas es el extremo refinamiento –síntoma de una sensibilidad fuera de lo común-, aplicado, además, a aquellos aspectos de la vida que nuestra mirada considera “más modestos” o incluso “sórdidos”. 

Escribe Tanizaki: “Por lo tanto no parece descabellado pretender que es en la construcción de los retretes donde la arquitectura japonesa ha alcanzado el colmo del refinamiento”. Actitud diametralmente opuesta a la de los occidentales, que “deliberadamente, han decidido que el lugar era sucio y ni siquiera debía mencionarse en público”. ¿Cómo consiguió la arquitectura tradicional japonesa elevar a poético el espacio más innombrable de la casa? Básicamente, haciendo de él un lugar  bello y agradable: el excusado, siempre apartado del edificio principal, se construía “al abrigo de un bosquecillo”, del cual llegaban olores (verdor, musgo), imágenes (se podía contemplar “el azul del cielo y el verdor del follaje”) y todo ello, en un entorno caracterizado por el silencio, una escrupulosa limpieza y un rasgo que constituye una constante a lo largo del libro, hasta el punto de darle nombre: la penumbra.

En Occidente, la belleza no se entiende sin la luz, su más poderosa aliada. La luz revela lo que es bello, lo muestra y lo exalta. De la mano de la luz, la belleza es en nuestra cultura siempre pública, evidente, ostensible. ¡Cuán distinta es la estética japonesa! En el Japón tradicional, lo bello va indisolublemente unido al juego de la penumbra, el claroscuro, la sombra. “La vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar”, señala en cierto momento el autor. Así, mientras en el papel occidental “los rayos luminosos parecen rebotar en la superficie”, la del hosho1 “los absorbe blandamente”. De igual manera, el papel traslúcido (washi) de los tabiques móviles que dividen el interior de la vivienda (shoji), se ilumina con la luz, “pero sin resultar por ello deslumbrante”. Y si en Occidente los utensilios “se pulen hasta sacarles brillo”,  los nipones gustan de ver “cómo se va oscureciendo su superficie y cómo, con el tiempo, se ennegrecen del todo”. Ellos aprecian la pátina, esa huella que el tiempo deja en los objetos, y que les confiere personalidad. Nosotros, sin embargo, la consideramos “sucia y antihigiénica”. Ese programa americano de televisión, llamado en España ‘Los Restauradores’, donde se restaura a la perfección toda clase de antigüedades, devolviéndole su exacto brillo original, sería simplemente impensable en Japón: ¿para qué restaurar lo que el paso del tiempo ha convertido en bello a través de la pátina?

El espíritu de la sombra recorre otros muchos aspectos de la vida japonesa: la belleza femenina, la casa tradicional, el jade, las lacas, el No2. Y el libro da buena cuenta de ellos. No ejerzamos, pues, por más tiempo de spoiler e invitemos al lector a sumergirse en el reino de la penumbra, que Occidente siempre relacionó con otra cualidad que históricamente atribuye a Oriente: lo enigmático, lo equívoco, lo elusivo. Penetremos en el Otro y su misterio, y, simplemente, dejémonos llevar.


(1)  “Papel japonés de alta calidad, grueso y totalmente blanco, reservado a los edictos imperiales” (N. del T.)
 
(2)  “La forma clásica más antigua del teatro japonés. Creada en los siglos XIV y XV por Kanze Kanami (1333-1384) y su hijo Zeami (1364-1444), el No ha sobrevivido hasta nuestros días gracias a una tradición ininterrumpida” (N. del T.)

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