Sōseki. La vida de provincias a través de un tokiota llamado Botchan


No es fácil la vida en un pueblo. Entre sus escasos y diminutos callejones todo se sabe, pero lo más inquietante es todo lo que se cuchichea. Cada persona tiene su rol y su estatus del que resulta difícil salir en ese microcosmos tejido con el aburrimento y la envidia. ¿Cómo es el día a día en provincias? Botchan llega de la gran ciudad para dar clases en una remota escuela de Shikoku, preparado para conocer la respuesta.

Botchan
Autor: Natsume Sōseki
Traducción: José Pazó
Introducción: Andrés Ibáñez
Editorial: Impedimenta
Formato: Papel
Año: 1906 (JP), 2008 (ES)

Cuando Sōseki publicó ‘Botchan’ -su segunda gran obra tras ‘Soy un gato’, sólo un año después- se empezó a confirmar el autor tan extraordinario que se gestaba en el Japón de la era Meiji. Es importante contrastar la obra literaria de Sōseki con su circunstancia histórica: nacido justo cuando el shogunato Tokugawa tocaba su fin y el país abría sus fronteras al exterior, obligando a la sociedad japonesa a absorber una cantidad ingente de innovaciones y contagio occidental. Es importante, como decía, este factor para entender la trascendencia del autor, pero muy por encima queda su propia genialidad personal.

Sōseki fue de los pocos japoneses en viajar al extranjero -concretamente a Londres- como “corresponsal” de Japón. Como es evidente, el choque cultural que sufrió en tierras inglesas fue salvaje. Se puede diseccionar durante muchos párrafos cada aspecto disonante entre lo inglés y lo japonés que dejó huella en el autor, que por aquel entonces se ganaba la vida como profesor. Pero hay un aspecto capital que los engloba a todos: el descubrimiento del individualismo. La sociedad japonesa es eminentemente coletiva tanto para lo bueno como para lo malo, algo que observó Sōseki con verdadero criticismo tras su experiencia extranjera.

En ‘Botchan’ encontramos ecos críticos de esta naturaleza. Pero si hay algo que sorprende de esta novela -de corta extensión para lo habitual en el autor- es que al mismo tiempo, no está retratando a la sociedad japonesa per se, habla de la sociedad en general y de sus defectos congénitos, no estrictamente culturales. Pero antes de seguir, vamos a contar un poco de qué va ‘Botchan’, la mal apodada ‘El guardián entre el centeno’ japonesa.

«si hay algo que sorprende de esta novela -de corta extensión para lo habitual en el autor- es que al mismo tiempo, no está retratando a la sociedad japonesa per se»

El protagonista, Botchan, fue un adolescente conflictivo que no obtuvo la suficiente disciplina hasta alcanzar la juventud. La criada de la familia, una anciana llamada Kiyo, se convirtió en su punto de confort. Kiyo es dulce, amable y siempre está a disposición de Botchan incluso tras la desintegración de la familia. Pero un día el pajarillo abandona el nido y vuela hacia su primer destino laboral: será profesor de matemáticas en una escuela de provincias. La referencia moral de Kiyo desaparece y ahora debe enfrentarse a las miserias de la vida adulta, con el hándicap de estar en un entorno rural, donde las reglas cambian considerablemente.

En una sociedad hay tendencia a señalar al diferente, o más bien, a respaldarse entre iguales. Lo mismo ocurre en un pueblo solo que a pequeña escala. La resistencia al cambio de los profesores y alumnos de la escuela hace difícil a Botchan ser aceptado como uno más: porque es tokiota, porque es bajito o simplemente porque va a comer a un humilde restaurante de soba. No importa el qué, pero siempre existe un motivo para hacer del recién llegado motivo de burla. Botchan trata de combatir las injusticias que vive a diario para llevar una vida apacible, pero parece prácticamente imposible. Nada parece alterar el status quo de la burbuja en la que vive.

Sōseki refleja sus reflexiones en el personaje de Botchan y su entorno, que utiliza a modo de metáfora para expresar el precio del individualismo, de ser el diferente. Pone de relieve a través de un adictivo relato costumbrista -como también hizo en ‘Soy un gato’- cómo se entrelanzan la hipocresía, la falsedad y el egoísmo en una red que parece perfectamente equilibrada, hasta que un agente externo la desestabiliza y saca a relucir sus defectos.

Pero entonces, ¿Botchan es la víctima de un mundo cruel y despiadado? Por supuesto que no. Al final, él tiene que integrarse con su entorno para conseguir redimirse, y eso le empuja a convertirse en uno más, y a padecer de los mismos males que lo que le rodea. El entorno que le rodea consigue su objetivo: fagocitar su ser para convertirlo en uno más.

Es verdad que ‘Botchan’ comparte algunos elementos con ‘El guardián entre el centeno’, pero no hay una razón más poderosa que el puro márketing para considerar relevante esta circunstancia. El tono de la novela es constantemente cínico, crítico o incluso a veces, quejica, tal y como denominan algunos a Holden Caulfield.

La prosa de Sōseki tiene ese toque introspectivo tan característico y auténtico de sus mejores obras. Pero su tono, en muchas ocasiones, es bastante desenfadado. Botchan, como Holden, también pone motes a los personajes que le rodean; así es como la narración resulta mucho más cómica aunque oculte un fondo moral. Pero Botchan es un personaje que persigue la madurez, mientras que Holden parece caer de manera irreversible en la decadencia. Podríamos decir que ‘Botchan’ es una novela dura con la sociedad, pero clemente con el individuo. Un mensaje que reincide en el concepto de individualismo tan explotado por el autor.

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