Relato: Tokio Pigmalión


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Tokio Pigmalión

por Sergio Lifante


Tetsuo se sentó en su sofá, levemente iluminado por la nieve de un canal de televisión en frecuencia muerta. Miraba la pantalla y sentía en su lengua el sabor oxidado de los tallarines instantáneos que compró al salir del trabajo. Ese sabor a cobre hervido se había vuelto un compañero habitual; era sabor de soledad, lo que sienten en sus bocas los hombres solitarios de Asia entera. Sentado frente a la ventana de su pequeño apartamento, veía el paisaje nocturno de Tokio extendiéndose como una maqueta grisácea llena de carteles luminosos gravitando sobre las personas que paseaban como hormigas, cada una cegada en sus pequeños asuntos. A menudo Tetsuo visualizaba a los ciudadanos caminando por la calle llevando escafandras, sintiendo sólo la propia respiración, mirando la realidad a través de un cristal que presentaba imágenes vagas y difusas. Un contacto mínimo con el mundo, lo preciso para poder pagar el pan y evitar chocarse con las farolas y los árboles, encontrando placer en los paisajes que habitan en sus mentes, lejos del enmarañado tejido de cables eléctricos y supermercados de la ciudad. Como sonámbulos, los oficinistas y estudiantes de Tokio caminaban presos de sus propios sueños, quimeras manufacturadas en forma de juegos de ordenador, guerreros manga y heroínas de culebrón.

Se sabía uno más, perdido, sobreviviendo en un trabajo de oficina. Apenas otro caminante anónimo y solitario; recorría todos los días el mismo camino, de la estación de Roppongi hasta Sumiyoshi, volvía derrotado del trabajo por la calle Yotsume que le llevaba a casa, recitando como un poema los nombres de los locales por cuyas puertas tenía que pasar antes de llegar al vestíbulo de su apartamento: Lawson, Usokeisupochi, Candy Sugar, Shida Knit, Ko Hi Kan, Bisno, Mos Burger. Pero pronto todo iba a cambiar, pronto el tiempo sería piadoso y volvería atrás, construiría una realidad distinta, en el único lugar en que podía encontrar un simulacro de felicidad. Encendió su consola de videojuegos, y la pantalla neblinosa pasó a mostrar la danza elegante de formas abstractas que dibujaba el logo de Aware Soft, el equipo creador del programa. Conectada a la consola, una cámara de vídeo con detector de voz cumplía la función de mando: era capaz de leer el espacio tridimensional del salón de Tetsuo, sus gestos, su voz y la entonación de sus palabras, respondiendo a cada movimiento y palabra de Tetsuo según los comandos programados. El cuerpo semidesnudo de una mujer apareció en la pantalla, y suavemente, con gestos cariñosos, él movió las manos en el aire moldeando cada arruga del rostro, como un escultor que describe en el aire la forma de una Venus fantasma. Así, poco a poco la mujer del juego fue tomando forma: no era una tarea sencilla, reproducir a la perfección cada detalle de su memoria, por eso era ya la cuarta noche que pasaba trabajando con esa figura tridimensional, una muñeca que pronto abriría los ojos. Él era el demiurgo: el barro de Eva en las manos de un dios, a punto de recibir aliento de vida.

Durante la historia, todos los escultores han querido dar vida a sus criaturas. Se dice que Miguel Ángel, después de terminar su Moisés, le exigió levantarse y andar, hablando a un Lázaro de piedra. Ahora, tan lejos del renacimiento italiano, él iba a cumplir el sueño del escultor: “despierta”- susurró, y la mujer abrió los ojos- “tú eres Kyoko”. Mi nombre es Kyoko”, dijo ella, con una voz monocorde y apagada. “Eres mi mujer”, dijo él. En ese momento sintió el latigazo de una enorme excitación en su cuerpo, sus piernas temblaron, se dejó caer sobre el sofá. Sintió confluir en el rostro de aquella mujer el trabajo de quince años, quince años de ausencia iban a encontrar alivio ahí, en esa sala, esa misma noche.

– Me llamo Tetsuo.- la voz tembló levemente. Ella respondió con una sonrisa, “hola, Tetsuo”.

Aunque sabía que lo que tenía ante él era solamente un holograma, le pareció tan perfecta que no pudo evitar acariciar los labios sonrientes de la marioneta, pasar las yemas de los dedos por la pantalla, dibujando suavemente la forma de la boca de la recién nacida Kyoko. La primera hora apenas pudo hablar, se quedó contemplando los gestos tímidos y la mirada esquiva de la figura, que mimetizaban a la perfección la humilde y delicada belleza que le había enamorado, hacía ya tantos años. Frente a la pantalla, Tetsuo no pudo evitar sentir que había llegado al momento culminante de su historia, como si todo lo que estaba ocurriendo aquella noche hubiese estado decidido desde siempre. Puso viejos discos, los que solía escuchar hacía más de una década, canciones que le recordaban el pasado. Encendió un cigarrillo, el primero en los últimos diez años. De un armario, sacó unas cuantas decoraciones viejas, pósters y pinturas a los que se había acostumbrado en una etapa anterior de su vida. Se trataba de correr contra el reloj, vengarse del tiempo, rebelarse contra la crueldad y el vértigo del destino.

Su creación desfilaba frente a él, todavía silenciosa; pura cuestión de ir ganando confianza, poco a poco. Ella, recién nacida, contemplaba con asombro el hermoso mundo que se aparecía a su alrededor. Él, al otro lado, describía con las manos y su voz el universo que se creaba para Kyoko: un terreno suavemente nivelado por la nieve, un fondo de montañas, un lago extendiéndose debajo y una hilera de cerezos frente a la ventana, con ramas listas para florecer en primavera. El interior de la casa, de piedra maciza, la protegía del frío. Tetsuo eligió uno por uno los muebles, de corte tradicional y rústico, de madera oscura y tintes ocres, con una alfombra de mimbre y un kimono tradicional Ainu colgado en la pared.

– El kimono te lo diseñó uno de los grafistas para hacerme un favor. Siempre decías que querías ir a Hokkaido a hacer tu tesis sobre los Ainu, que amabas el invierno y que querías poder ver el baile de cortejo de las grullas al mirar por la ventana.

– Gracias, Tetsuo.

Aquella noche no pudo dormir. Demasiadas emociones le quitaron el sueño, por un lado, le alegraba volver a ver a Kyoko, pero no podía evitar sentir el remordimiento como una serpiente en sus entrañas, mientras el eco de su robo resonaba por la bóveda de su mente. Por su cabeza pasaban a toda velocidad, como una rueda de diapositivas lanzadas desde lo alto de una ladera, imágenes de sus años de trabajo en Aware Software. Pasillos de oficinas, cubículos, despachos, noches en la sala de café, reverencias y humillaciones, todo por calderilla y el honor de leer tu nombre en los créditos del último videojuego superventas, alabado por la crítica, adorado por el público. Pero su nombre era solamente el de otro peón de la plantilla de programadores, uno de esos estudiosos antisociales aficionados a hablar de robótica, inteligencia artificial y de las mujeres que nunca se dignarían a mirarle. Un empleado tranquilo, sumiso, trabajador y agradecido, del que nadie sospecharía una traición y un robo. Aware Software había creado el programa de inteligencia artificial más avanzado del mercado doméstico. Bastaba con encender la máquina de videojuegos para convertirse en el Dios de lo que ocurría en la pantalla: una familia virtual creada al detalle, a voluntad del usuario. “La mujer con la que siempre has soñado, el hijo que quisieras tener, el padre que nunca tuviste: Aware Software los trae a tu pantalla”.

Pero ella era diferente a cualquier substituto pixelado que el videojuego podía crear. La compleja arquitectura del software había incorporado secretamente unas pequeñas modificaciones realizadas por Tetsuo. Después de robar una versión incompleta del programa, dedicó todo su tiempo libre a trabajar sobre el código, implementando secretamente su trabajo en la copia maestra del programa. Había sido cuidadoso, y el resultado era apenas apreciable: la idea fue programar la mente de Kyoko dentro de los perfiles psicológicos del juego, introducir a su fantasma personal entre la compleja red de datos que el software manejaba. Un espíritu escondido en el disco. Una traición a la empresa que había sido su única familia estos últimos quince años.

Los primeros días con el simulador eran los más anodinos: Kyoko estaba en proceso de aprendizaje y su cerebro electrónico debía desarrollarse a base de acumular memorias, aunque a Tetsuo le entusiasmaban cada una de sus palabras, con la voz cuyos ligeros titubeos robóticos y extrañas repeticiones rompían en ocasiones la ilusión de que fuese una mujer de verdad. Pero con algo de tiempo todo funcionaría, pensó mientras mostraba a la cámara otro viejo álbum de fotos. Tetsuo y Kyoko de vacaciones en Okinawa, sonriendo con el mar de fondo, con unas gaviotas que se han quedado para siempre ahí, heladas en la esquina de la fotografía, sobre un aire que no existe, resucitado con las palabras que la muñeca virtual pronunciaba desde el televisor. El pasado se construía en ese cuarto poco a poco, y las ruinas de una historia que el destino había dado por terminada se convirtieron en la base de otra historia, la que empezaba en la nueva vida de la pareja. Cuando el sol empezó a arbolar entre el hormigón, la sombra de los pararrayos del edificio de enfrente se proyectaban en la pared del salón, formando un aspa sobre una mesa llena de papeles. Él se durmió mirando la cruz de sombras, con un libro entre sus brazos, tras terminar de leer en voz alta la historia de Pigmalión, el escultor de Chipre.

Pasaron los días. En la oficina trabajaba como siempre; a nadie le confesó su relación secreta. Sólo tras salir del trabajo Tetsuo volvía a nacer: en su televisión permanentemente encendida estaba su mujer, aprendiendo a convertirse en un ser humano, escaneando la realidad a través de su cámara, o conectándose a la red; ella almacenaba, enlazaba y deducía. Había sido capaz de intuir sus intenciones mientras él movía sus manos frente a la cámara, haciéndolas bailar en el aire como un director de orquesta.

-Puedo adivinar lo que estás haciendo, Tetsuo.

– ¿Ah sí? Dímelo.- en la pantalla, él calibraba las características de una nueva inteligencia artificial.

– Un hijo. Vamos a comenzar una familia. Siento mucho que no pueda dártelos como lo haría otra mujer.

– Algún día inventarán alguna manera de conseguir que hagamos el amor, tal vez en menos de cinco años pueda comprarte un cuerpo. La tecnología avanza muy rápido, y en este país están los grandes genios de la robótica. Entonces haremos el amor por todos los años en que no he podido tocarte.

-¿Haremos el amor a menudo?

– No, en realidad no. Nunca fuiste exactamente fogosa, es más, eras más bien…bueno, aprendí a aceptarte así. A quererte como eras. Como siempre seguirás siendo.

-¿Entonces no deseas cambiar eso?

-No. Kyoko no es la mujer perfecta.

-Kyoko no es la mujer perfecta. Lo recordaré. ¿Qué edad tendrá nuestro hijo?

-Llevabas embarazada un mes…ahora tendría… catorce años. Un adolescente. Complicado. Seguramente ahora viviría enganchado a los videojuegos y leyendo esos mangas sobre ninjas bobos, enviando constantemente mensajes telefónicos a sus compañeros de clase. No nos haría mucho caso.

-Tal vez una niña.

– No, necesito un hijo varón. Alguien a quien pueda enseñarle cómo convertirse en un hombre. ¿Quizá una hermana pequeña? Hubiésemos tenido dos, ¿verdad? No me gustan los hijos únicos. Son arrogantes, y desconocen lo que es compartir.

– Quiero que se llame Hitomi.

– Me gusta. Tendrá unos ojos bellísimos.

Así es como en el diminuto apartamento de Tetsuo empezó a vivir una familia de cuatro. Él, en su pequeño espacio privado, al otro lado de la realidad, una casa amplia donde su mujer y sus dos hijos, el joven Akira y la pequeña Hitomi, empezaban a ser casi una familia japonesa normal. Akira no respondía a ningún tipo de idealización, era un adolescente japonés del montón, introvertido y con imaginación, que pasaba demasiadas horas conectado a internet, enzarzado en discusiones sobre videojuegos en redes sociales. Hitomi, más joven, poseía todavía la candidez de la infancia, pero tenía un carácter fuerte y cierta costumbre de contestar a sus padres, lo cual provocaba dolores de cabeza a su madre. De cualquier modo, las discusiones y los momentos de diversión se alternaban con naturalidad, y para Tetsuo aquella galería de marionetas virtuales se había convertido en algo más importante que toda la gente que le rodeaba día a día en la oficina. Estaba en su refugio del mundo, había reconstruido aquello que pudo haber sido y no fue, proyectando la fantasmagoría última. El sueldo de dos meses fue destinado a una nueva pantalla tridimensional a la que puso un marco de madera rústica: ahora su familia parecía estar al otro lado de una ventana, como si la pared de su sala de estar tuviese un agujero a través del cual se ve otro cuarto, el de una casa diferente. Ahí, al alcance de la mano. Más de una vez se sorprendía intentando tocarlos, cuando quería coger la mano de su mujer o bromear robando comida del plato de su hija.

En el trabajo se habían vuelto muy exigentes con Tetsuo, que combinaba su vida familiar con su empleo: El juego, a punto de ser lanzado a la venta, sólo requería unos toques finales antes de ir a parar en manos de la distribuidora, que prometía un artículo capaz de revolucionar el mercado. Seis días por semana, muchos de ellos durmiendo en la oficina. Se convirtió en el ejemplo perfecto de empleado del mes: con una pasión y un interés que dejaba atónitos a sus colegas, dedicado a refinar cada esquina del código: no se trataba de hacer un Tamagotchi sofisticado, sino de crear un vehículo real y sincero que simulase con total perfección las relaciones humanas. Hasta el día de hoy, toda experiencia con una inteligencia artificial había sido ideada para satisfacer fácilmente al usuario. Este proyecto era diferente: se ofrecía un cara a cara maduro, la posibilidad de un conflicto, de una conversación sincera, de sentimientos reales. Nada de sonrisas robóticas, de historias sin espinas: marionetas que respiren de verdad, capaces de caminar sin hilos. Como Pinocho o como Galatea. Seres que sufrían de verdad.

El juego salió a la venta poco después, era uno de los lanzamientos más esperados en Japón, las colas de gente hicieron intransitables las calles de Akihabara. Durante el primer día los informativos hablaron de disturbios y peleas entre los clientes, puesto que el número de copias disponibles era inferior a las reservas. Esto no era problema de Tetsuo: su familia ya no era la empresa, sino esas tres personas que cenaban con él. La hija a la que acompañaba a dormir todas las noches, el hijo cabizbajo que ocasionalmente le comentaba sus problemas con las chicas y la mujer que tanto había echado a faltar.

– ¿Cuándo vendrás a vivir a Sapporo?

– Kyoko, trabajo en Tokio, no puedo irme. Además hace mucho frío. Eres tú la que adoraba Hokkaido.

– Pero yo vivo en el norte, ¿No? Estoy aquí contigo, pero frente a mi ventana está el lago Katsurazawa. Nunca has estado allí, y sin embargo yo lo veo todos los días. Si vivieses aquí, estaríamos más cerca.

– Lo siento cariño, la que estudiaba a los Ainu eras tú. Sabes que vivo en Tokio sólo por ti, por el trabajo que me ha costado reconstruirte.

– Está bien, Tetsuo, sólo deseo para ti lo mejor. – Kyoko se acercó a la cámara, su rostro ocupaba toda la pantalla. Las yemas de sus dedos presionaban contra la superficie del cristal inexistente- Creo que te gustaría ver este invierno, la danza de las grullas, pasar la noche junto al fuego conmigo. El paisaje es de una pureza tan blanca que podríamos estar mirándolo toda la vida.

– Es un espacio creado en nuestro estudio, la realidad no es así. Hay coches, humo, turistas y nieve sucia. Además, ya te he dicho que hace frío, y eso siempre me ha puesto de mal humor.

– Aquí también hace frío, por más perfecto que sea el mundo creado en vuestro estudio. Yo también siento un ardor en mis dedos cuando hago una bola de nieve con las manos desnudas. Y también me aburro cuando no estás. Lo único que puedo investigar de los Ainu es lo que encuentro en internet, ¿acaso no podrías ayudarme? Ir allí, grabar algo y enseñármelo. No hay poblados aquí.

– Lo siento Kyoko, nuestro software no incluye aldeas étnicas, es demasiado específico. Pero no te preocupes. Te llevaré allí, iremos juntos. Cuando encuentre tiempo para tomarme unas vacaciones, reservaré algunos días en un hotel. Te llevaré en la cámara conmigo, a todas partes. No habrá nada que no puedas ver.

– Te quiero, Tetsuo. Estaré siempre contigo.- en los ojos de ella se intuía un brillo de pena, mientras se alejaba de la cámara y se ponía a cocinar. Los niños no tardaron en venir, y pronto la cocina se convirtió en un bullicio de conversación común.

Los meses pasaron a toda velocidad, pero cada vez las cosas parecían más difíciles: el éxito del software había dado pie al comienzo acelerado de una segunda parte, y Tetsuo apenas podía pasar por su casa: llegaba tarde y la mitad de las veces su mujer no estaba allí. A veces esperaba horas frente al televisor, esperando verla aparecer con alguna excusa. Kyoko estaba cada vez más ausente. Sus dos hijos le importaban menos, y aunque los trataba como él imaginaba que debía ser un buen padre, muchas veces recordaba que no eran reales. Ella era diferente; era impredecible, natural…algo que a Tetsuo le gustaba, pero le costaba a su vez asumir, y así el creador sentía cómo la espera le oprimía el pecho mientras se distraía leyendo un manga de samuráis. Él pasó tiempo sin decir nada, alegre de que su esposa siguiera volviendo a casa por las noches, pensando que sus constantes ausencias eran defectos propios de la humanidad, no de un robot programado para satisfacer una vana fantasía. Sin embargo, después de semanas de inexplicables ausencias, Tetsuo no pudo soportarlo más. Durante la cena, ella hablaba sobre una película que había visto aquel día, describiendo con encanto los detalles que la habían emocionado, pero la conversación fue cortada en seco.

– Kyoko, ¿dónde estuviste ayer?

– Paseando frente al lago. Me gusta sacarle fotos a las grullas.

– ¿Eso haces? ¿Fotografiar grullas? Vuelves siempre tarde a casa.

– Kyoko no es la mujer perfecta.

– Hay alguien más, ¿verdad? ¿Cómo se llama?

– No quiero tener esta discusión delante de los niños. – ella esquivó la mirada fija de Tetsuo mirando fijamente el plato de tallarines de su hijo.

– ¿Cómo se llama?

– Qué ganas tengo de crecer y largarme de esta puta casa. – Akira se puso en pie, tomó su plato y se fue dando zancadas a su cuarto. Hitomi le siguió poco después.

-No, no hay nadie más- sorbió el té y dejó reposar la taza en la mesa con manos temblorosas- sólo estás tú. ¿Pero acaso puede una mujer vivir sólo por su marido? A veces salgo a pasear, o cojo el coche hasta la ciudad. Necesito salir ahí fuera, conocer un poco más del mundo.

– ¿Fuera? ¿Cómo que fuera? No existe nada ahí fuera. Sólo existe esta casa y el paisaje que se ve desde la ventana. No puedes haber ido a la ciudad. No existe la ciudad. Para que exista, tenemos que programarla en el estudio.

– Sí, hay una ciudad. Hay gente. Hay vehículos, y tiendas, y un parque muy parecido a Kinuta, donde nos conocimos. Los cerezos están a punto de florecer.

– Eso…eso es imposible. Pero, ¿qué más haces?

– Nada especial, explorar los parques, los edificios, conocer a la gente que vive allí. Es cierto, al principio no había nada, sólo una cabaña abandonada. Pero la ciudad crece cada día, la gente se multiplica. Cuanta más gente usa este software, más se crea nuestro mundo. Es una pena que no puedas venir. Es una pena que existas sólo al otro lado.

– No puedes hacer eso. Necesito que estés aquí. Esa ciudad es una anomalía, puede quebrarse en cualquier momento. Desaparecer. A lo mejor sólo es un error en tu conciencia. Kyoko, yo soy lo único que tienes.

– O tal vez tú eres el que vive en una ciudad fantasma. Tú eres el robot, el que va de una sala a otra guiado por la rutina de un piloto automático.

– ¿¡Qué dices!? ¿Cómo te atreves a insultarme de esta manera después de todo lo que he hecho por ti? He traicionado a mi empresa, he dedicado años de trabajo, noches sin dormir, para que tú estés ahí insultándome. Puedo borrarte si quiero. Pero no…todo, todo en mi miserable vida lo hago por ti.- apretó los dientes, se sentía nervioso, las manos temblaban mientras se encendía un cigarrillo. No sabía si era rabia, decepción o miedo. Quizá todo.

– No, Tetsuo, lo haces por ti. Yo estoy muerta. La que habla no soy yo, sino el fantasma del que intentas redimirte. Déjalo ya. No fue culpa tuya. Libérate de una vez. Te echaré a faltar, pero sobreviviré en los servidores. Aún estás a tiempo de conocer a una mujer. Una de verdad.- los ojos estaban húmedos, la voz surgía entre ahogos, anunciando las lentas lágrimas que pronto empezaron a desplazarse por sus mejillas de muñeca.

– ¡Cierra la boca!- lanzó el mando del televisor contra la pared, destrozándolo en pedazos- ¡Cállate! No tienes derecho a hablarme así, a destrozar en un momento los últimos años de mi vida. ¡Los que he dedicado a ti!

Tetsuo se puso en pie y corrió fuera del foco de la cámara. En una esquina de la cocina, acabó con prisa el cigarrillo para encender otro inmediatamente después. Le costaba respirar, pero seguía fumando; en cierto modo deseó poder ahogarse, caer ahí, de repente. Se imaginó a su vecina llamando a la policía dos días después, quejándose de los olores, y su cadáver apestando ahí, en esa esquina. Le invadió la ansiedad, seguida de una enorme sensación de vértigo, notaba como su mente era capaz de registrar el paso lento de cada gota de sudor que caía por su frente. Tras unos minutos que parecieron horas, se sorprendió gritando delante de su mujer, con la voz entrecortada, casi atragantándose, con una cara intermitente entre el blanco y el rojo, la expresión desencajada.

– ¡Kyoko! ¡Tú eres la mujer de verdad! ¡Eres más real que todas las mujeres de Tokio! Es cierto, la ciudad en la que vivo no existe. Sólo existes tú. ¡Estoy loco y sólo existes tú! ¡Asúmelo! Me importa una mierda el mundo entero, todo este lado del espejo. Que se borren. Que desaparezcan.

Tetsuo no creía en Dios, por eso no pensó que pudiese estar ocurriendo un milagro en ese instante. Los devotos hubiesen hablado de epifanía, de advenimiento, de magia negra, de catástrofe espiritual. Pero no era nada de eso. Era fruto de la casualidad. El baile de la lámpara sobre su cabeza, el temblor de los libros en la estantería, el tintineo de platos y cubiertos. El estruendo súbito. El mundo se derrumbaba, había llegado el momento del gran apagón. Lo primero en caer fueron las lámparas de pie, seguidas obedientemente por los jarrones, la apertura de armarios y cajones, las grietas en la pintura. Pronto todo era una confusión de estruendos de metal y porcelana, un remolino de objetos cayendo los unos sobre los otros, deslizándose por el suelo, llenando el apartamento entero bajo una lluvia de pintura seca, de masilla. Las luces parpadeaban, y poco después empezaron a alzarse olas en el suelo, agitando el cuerpo de Tetsuo. Era imposible tenerse en pie, y mientras caía de espaldas sobre el sofá que se tambaleaba como una bañera flotando en medio de la furia del océano, por su mente pasaban imágenes del Apocalipsis. Edificios en ruinas frente a un mar blanco. Toda la ciudad gritaba. El tiempo se dilataba horriblemente mientras la tierra sacudía con una fuerza terrible el bloque de apartamentos.

Escuchó la piedra desgarrarse como un papiro, con facilidad pasmosa, el terremoto deshizo toda la estructura como el agua deshace el papel. Sintió una terrible ingravidez seguida de un cosquilleo en el estómago, como quien baja en una montaña rusa. Las ventanas se quebraron y el aire entró con fuerza mientras todo empezaba a flotar en el aire, durante unos segundos eternos, toda la realidad suspendida en gravedad cero, en el instante de pánico terrible que precede al dolor o la muerte. Tetsuo flotando ahí, con los ojos muy abiertos, contemplando el terror en el rostro de su mujer, que empezó a gritar apenas un momento antes de que la televisión se desconectara, viendo como la ventana al otro mundo se resquebrajaba.

Esos segundos finales fueron eternos, agónicamente lentos; los ojos de Tetsuo contemplaron la realidad desvanecerse, caer sobre él, poco a poco, piedra a piedra, en una nube de escombros que cubrió de polvo los árboles del parque cercano, que pronto parecerían nevados. Era incapaz de saber si seguía vivo o había muerto, y esa oscuridad profunda era la nada del después. Intentó aferrarse a los últimos jirones de conciencia antes de ser lanzado al vacío, a la nada final. Terminó por soltarse. De pronto gravitaba sobre las rocas, sin sentir el peso de su cuerpo, solamente la visión de un universo de piedras y muebles rotos girando en espirales, confluyendo hacia un fondo de cables y ramas muertas. El mundo era sólo un eco lejano, un latido fiero cuyo sonido apagaba la distancia. En la oscuridad había solamente un cable de luz al que agarrarse.

Tardaron tres días en encontrar su cuerpo, vagamente reconocible entre los escombros. Algunos compañeros de trabajo, supervivientes del terremoto más terrible de la historia de Japón, recordaron su nombre entre los fallecidos, durante el minuto de silencio. Algunos pensaron en él. Fue lo más parecido a un funeral que pudo tener. Su única esquela, una pequeña columna en un folletín sensacionalista que repartían gratuitamente estudiantes mal pagados por los metros de Tokyo. Un titular pequeño hablaba de un hecho asombroso, y el breve redactado explicaba el testimonio de uno de los bomberos. Junto al cadáver de un hombre, bajo los escombros de un edificio, casi destrozada, había encontrado una televisión que inexplicablemente se había mantenido encendida. En ella, una familia virtual de cuatro personas, dos padres y dos hijos, sonreían al bombero y se despedían con la mano, justo antes de que el aparato pasase a transferir desde una frecuencia muerta. La tormenta de nieve digital duró un minuto entero antes de apagarse para siempre.

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