‘Rashomon, el bosque ensangrentado’ (1950). Akira Kurosawa y los jueces invisibles

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Durante una escena de ‘Rashomon, el bosque ensangrentado’ (Rashômon, 1950) uno de sus personajes, tras escuchar sobre la misteriosa muerte de un samurái entre los cedros del camino a Yamashina, relata cómo el demonio que habitaba en el pórtico que da nombre a la película había huido del mismo, asustado por la ferocidad de los hombres. Durante el juicio para esclarecer el crimen, los implicados en la muerte –un bandido, la esposa del fallecido y el propio muerto– ofrecen versiones diferentes en las que los tres dicen ser los responsables.

Y es que ‘Rashomon’ no busca tanto discernir entre culpables o inocentes. Aunque su enigma principal se centra en averiguar qué es lo que ocurrió en el interior del bosque, el conflicto que plantea entre verdad y mentira es más una cuestión de identidad.

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El propio Kurosawa así lo advertía en su libro ‘Something Like an Autobiography’ (Jiden no you na mono, 1981): “Los seres humanos no son capaces de ser honestos consigo mismos. (…) La película en sí es como una extraña imagen en un pergamino que es desenrollado y presentado por el ego. Puedes decir que no entiendes el guión, pero eso es debido a que el corazón humano es en sí mismo imposible de entender.”

Porque si los relatos de sus personajes están rotos no es por la el miedo a las consecuencias de sus actos sino por cómo éstos traicionan la imagen que tienen de sí mismos. De esta manera el bandido reconoce orgulloso haber violado a la mujer y matado al hombre en un intenso duelo de la misma forma que lo haría un temido forajido. La mujer por su parte dice haber intentado suicidarse en el río después de que, tras desmayarse por la desesperación ante el rechazo de su esposo, encontrara su daga hundida en el pecho de éste. Finalmente, el propio samurái relata a través de una médium cómo fue él el que utilizó esa misma daga para poner fin a su vida.

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Sus declaraciones no son tanto una contradicción entre los hechos en sí como una pugna entre las diferentes identidades que sus protagonistas asumen en cada uno de ellos. El bandido se imagina huyendo a caballo bajo un cielo que parece abrirse a su paso, la mujer no siente más que vergüenza hacia sí misma y devoción hacia su marido a pesar de la violencia y crueldad a las que ha sido sometida y el samurái muere con solemnidad y honor, arropado dramáticamente por el silencio de la espesura.

Esto es lo que me resulta más interesante de ‘Rashomon’. Sus personajes son prisioneros de sus propias expectativas y quieren ver sus historias validadas para evitar así enfrentarse a las partes que desprecian de sí mismos.

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Es por esto que el leñador que encuentra el cadáver es el único capaz de liberarse de este círculo vicioso. Y es que aunque su relato final es seguramente el que más se aproxima a los acontecimientos tal y como sucedieron (la ausencia de música durante toda la secuencia es el detalle más evidente de ello), él también es incapaz de contar toda la verdad sobre lo que sucedió en el bosque.

Sin embargo, al contrario que los demás, en última instancia reconoce sus errores y debilidades más allá de ningún juicio impuesto. Es el aceptar dichas debilidades como una parte de él lo que le permite tomar responsabilidad por las mismas, superarlas y vivir su vida de una forma más honesta.

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Porque al final de eso depende avanzar como personas. No es raro que tendamos a observar y reescribir nuestras vidas cuando miramos atrás. La ficción no solo nos ayuda a entender quiénes somos sino que también nos acerca a quiénes seremos. No obstante, también colabora a que sea nuestra figura la que oculte nuestras sombras, no solo de los demás, sino de nosotros mismos.

Porque tal vez vivir en un panóptico es menos terrorífico que encontrarse a solas en un claro del bosque donde ya no alcanzan el sol o el demonio y en el que los únicos jueces, somos nosotros.

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Los orígenes de ‘Rashomon’

Por curiosidad, tras ver la película leí los dos relatos cortos de Akutawa Ryūnosuke (Tokio, 1892-1927) en los que se encuentra basada titulados ‘Rashomon’ (Rashômon, 1914) y ‘En la espesura del bosque’ (Yabu no naka, 1922), ambos recogidos bajo el nombre de ‘Rashomon y otros relatos históricos’ (2015) por la editorial Satori con el motivo del centenario de la publicación del primero.

Es interesante ver cómo mientras que el cuento de 1922 está adaptado de forma bastante fiel en la película de Kurosawa, ‘Rashomon’ (el relato) funciona más como un marco temático que sirve para contextualizar los motivos sugeridos en ‘En la espesura del bosque’.

De hecho, tal y como se indica en el prólogo del traductor Iván Díaz Sancho, la obra de 1914 es a su vez una reescritura de ‘Historia de un ladrón que subió al piso superior de Rashomon y se encontró con un cadáver’, un relato perteneciente al Konjaku Monogatari o ‘Antología de cuentos de antaño’ (Konjaku Monogatarishū) y que narra cómo un hombre, tras descubrir a una pobre anciana arrancando los cabellos del cadáver de una joven, decide robar las vestiduras de la mujer y abandonarla entre los demás cuerpos que descansan sobre el segundo piso de la Puerta de Rasho.

En la edición de Satori se encuentran ambas versiones de la historia junto a la que sería su continuación ‘Los ladrones’ (Chūtō, 1917) y otros siete relatos escritos por Akutawa. Es curioso que en dicho prólogo se destaque cómo los personajes del autor tienen un comportamiento similar al de los animales, algo que sinceramente creo que también es apreciable en la película de Kurosawa.

Fuentes

  • Kurosawa, Akira (1983): Something Like an Autobiography. Nueva York: Vintage Books.
  • Ryūnosuke, Akutawa (2015): Rashomon y otros relatos históricos. Gijón: Satori.

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