‘Nieve de primavera’, Yukio Mishima

Célebre personalidad del Japón de posguerra, Yukio Mishima cerró su historial literario con la tetralogía ‘El mar de la fertilidad’, cuya última entrega fue finalizada poco antes de su suicidio en 1970. Todas las novelas de esta serie son historias independientes que tienen un personaje en común: Shigekuni Honda.

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A pesar de ello, la historia de Honda está contada de una forma bastante tangencial. Por eso, en ‘Nieve de primavera’, la primera entrega de la tetralogía, casi parece un personaje secundario. El peso principal cae sobre Kiyoaki Matsugae, un joven perteneciente a la nueva nobleza japonesa, aquella que se reconvirtió de la élite samurai a un sistema aristócrata más occidental durante la Restauración Meiji.

Honda y Kiyoaki son dos estudiantes a punto de acceder a los estudios superiores. Honda es de familia más honesta que Kiyoaki: no tiene ningún título nobiliario, pese a que lleva una vida acomodada gracias a su padre, reconocido juez. Eso no impide que entre los dos exista una amistad que, en ciertos aspectos, representa una metáfora muy personal sobre el Japón tradicional y el nuevo Japón de maneras occidentales. Yukio Mishima, como tantos otros escritores de su época, escribe teniendo muy presente la forzada evolución de su país en el siglo XX.

La historia principal de la novela se desarrolla en torno a Kiyoaki y su tormentosa relación amorosa con Satoko, el tercer personaje relevante, también de procedencia noble. Honda, como fiel amigo de Kiyoaki, se mantiene al margen de los sucesos entre los dos jóvenes enamorados, interviniendo sólo en momentos clave. Kiyoaki y Satoko son jóvenes, irresponsables y obsesivos. Son la viva imagen del primer amor, accidentado pero extremadamente pasional. Una pasión que causará problemas serios entre las familias de ambos: un vivo reflejo de la falsedad, la hipocresía y la traición a los valores tradicionales.

– Vaya a donde guste. Llévenos hasta donde puedan llegar – decía Kiyoaki, en respuesta al dueño del ricksha. Sabía que la opinión de Satoko coincidía con la suya.

Cuando los dos hombres levantaron las varas, dispuestos a partir, los dos se recostaron en sus asientos, con el cuerpo ligeramente tenso. Hasta el momento ninguno de los dos había intentado cogerse de las manos. No obstante, el contacto inevitable de las rodillas bajo la manta era como una cihspa que ardiera bajo la nieve.

La duda de Kiyoaki persistía: ¿Era verdaderamente cierto que Satoko no había leído la carta?

El profundo significado político que Mishima imprime a sus personajes transluce su posición ideológica sin ninguna duda. Los personajes, así como sus actos, destilan una supuesta elegancia, un gusto por lo exquisito y el buen hacer que no es más que una fantasmada, una mentira. El tono de protesta hacia la nueva aristocracia está muy presente. Pero no por ello deja de contarnos una historia de sentimientos humanos, narrada con una delicadeza y un gusto por el detalle que recuerda a su mentor, Yasunari Kawabata.

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