‘Mononoke’. Así se alcanza la madurez artística en el anime

Una seductora melodía de tango comienza a sonar. Siluetas reconocibles de distintos yôkai cruzan la pantalla. De repente, una paleta colorida de grabados al estilo tradicional japonés ukiyo-e aparecen. El tango se va in crescendo y se intuyen elementos de terror espectral. Así empieza, así deslumbra: ‘Mononoke’ burla todo lo convencional y toca en su propia partitura con increíble espontaneidad.

El que esto escribe tiene que reconocer que ha necesitado un largo tiempo para atreverse a escribir sobre ‘Mononoke’. En primer lugar, porque se necesita más de un visionado para tratar de apreciar todos los matices de su riqueza argumental; y para ser honestos, porque resulta complicado hacer justicia a una obra con tanto nivel, tan por encima del nivel medio de la animación japonesa -con todo el respeto. Por mucho que trate de extender este texto -que no es ni mucho menos mi intención- estoy convencido de que pronto me quedaré con la sensación de que había muchas cosas que añadir. Así que intentaré ser conciso.

Una historia diferente de espíritus

‘Mononoke’ nace como spin-off de la serie ‘~Ayakashi~’, aunque la verdad es que este dato puede ser completamente ignorado ya que no guarda relación ni interés suficiente, más allá de que debe ser de los pocos spin-off en la historia que superan en calidad y reconocimiento a su original. Lo que dio razón de ser a este anime es su protagonista llamado “el boticario”, el cazador de mononoke.

Los mononoke son espíritus basados en los yôkai, seres sobrenaturales del folclore japonés, pero éste no es un anime más de terror de fantasmas, y el espectador lo percibe de inmediato. El boticario aparece allí donde hay indicios de la existencia de un mononoke, que debe ser erradicado. El diabólico ser se esconde bajo la escena de un crimen bajo el cual ha sido invocado en clave de venganza. El boticario debe de conocer su Forma, Razón y Verdad para poder derrotarlo, y para eso, investigará lo sucedido hablando con todos los afectados, personajes siempre turbados por su destino.

Visualmente como nunca has visto

Hay un aroma a vanguardia que se nota en cada escena. Es una serie de imagen bastante estática, en la que un encuadre elegante y la fotografía (aplicable en ‘Mononoke’ como en cine de alta categoría) importan de verdad. La combinación de colores, formas y el juego de perspectiva quita el aliento. Una casa de placer del periodo Edo se convierte en un juego de mosaicos y geometría colorida habitada por mujeres sin rostro. Una galera en medio del océano parece una travesía por lo onírico y extrasensorial.

Cuando terminas la serie, de repente te das cuenta de algo interesante. En el fondo, la calidad de la animación no es muy buena que se diga. Pero no te habías dado cuenta -con alguna escena excepcionalmente elaborada- hasta varios capítulos después. Efectivamente, en ‘Mononoke’ han conseguido de una manera heroica sobrellevar los limitados recursos de animación con un puñado de ideas brillantes que lo convierten en un anime inigualable.

Una lección de libertad artística

Pero ‘Mononoke’ no sólo es excelso en su estética y fascinante en su argumento. Además tiene un discurso detrás, una filosofía del ser y la moral. Los personajes que se cruzan con el monstruo han sido cómplices de la oscuridad humana y, de un modo u otro, deben de abrir su alma ante el boticario, perfectamente consciente de lo que está buscando. ¿Es el boticario un juez? No, sólo es un detective.

La trama no conoce límites que le impidan llegar hasta donde su inventiva desee. Cuatro de los cinco actos están inspirados en la era Edo, último periodo del Japón samurái. El último arco da un salto al siglo XX. Identificamos muchos elementos de la tradición y costumbres japoneses, pero al mismo tiempo se guarda una distancia considerable con el regusto japonés habitual en el anime medio. Homólogos que podríamos señalar son ‘Tatami Galaxy’ o ‘Space Dandy’. Cada uno a su manera, se adentran en el anime con propuestas valientes y reservadas a un público reducido.

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