Por qué la subversión de los clichés es necesaria en el manga

 

Está más o menos aceptado que el manga -y por extensión el anime- se mueve en una ambientación única y utiliza mecanismos narrativos que no encajan en otros formatos audiovisuales. En otras palabras: está repleto de clichés.


Por un lado, los personajes acostumbran a ser superficiales. Los protagonistas son, a menudo, hombres adolescentes con dificultades para relacionarse. Asimismo, los personajes femeninos se dividen en roles muy marcados (kawaii, tsundere) cuya finalidad es, en fin, llenar las expectativas de un público masculino.

En los shonen habituales, el protagonista es un héroe (como Naruto, Goku o One Piece) con un irreal sentido de la amistad infranqueable. Al héroe le acompañan otros héroes y heroínas, habitualmente sexualizadas -solo hace falta ver la evolución de Nami, en One Piece, y su tamaño de pecho proporcional al número del capítulo-, todos ellos con una orientación claramente maniquea.

 

La trama suele tener una estructura genérica, estableciendo un nudo  en torno al primer capítulo que resulte impactante, y ensalzando el papel del protagonista: él es especial, es el elegido, y todo gira en torno a él. Se entra en una dinámica egocéntrica, y el resto de personajes se fabrican como dispositivos de guión: sirven para hacer avanzar la historia, pero rara vez nos los presentan como personas creíbles y con una vida más allá del grueso del argumento.

¿Qué personajes recuerdas de Death Note? Recordarás a sus dos protagonistas, Light y L, pero será difícil poner en pie quienes eran Rem, Near o Kanzo, quienes ocupan varios capítulos. Death Note está por encima de la media en la construcción de la trama, pero en el camino sacrifica la tridimensionalidad de los personajes. Lo mismo sucede con la inmensa mayoría de mangas de ciencia ficción: presentan una historia original y elaborada, pero sus actores no son más que marionetas.

One Punch Man nos enseñó que los superhéroes también pueden ser calvos.

Las soluciones rápidas a estas carencias narrativas también son prefabricadas. Primera regla del manual de guionista: el personaje tiene que tener un trauma y una motivación, y hay unas cuantas recurrentes: la pérdida de un familiar en la infancia, sufrir bullying en el instituto o la destrucción de la aldea natal. Estos episodios traumáticos se presentan de manera compacta y con flashbacks, simplemente para dar una razón de ser al personaje.  Un ejemplo típico es el de Eren, de Ataque a los titanes, cuya infancia se narra en el primer capítulo y en la cual todo es perfectamente previsible desde el minuto uno.

Apadrina un personaje de anime cuya familia haya muerto en el primer capítulo. Él lo haría por ti.

Llegados a este punto, cuando valoramos los mangas excepcionales a menudo acudimos a una máxima. Buscamos la diferencia, la autenticidad: cuanto más lejano de los tópicos y estereotipos señalados, más probabilidades de que nos impresione. Y una técnica muy bien aprovechada por los creativos más brillantes del cómic y la animación japonesa es la de subvertir los géneros.

Kyubey es muy kawaii. Al menos, al principio de la serie.

Sirvan de ejemplo Evangelion, Madoka Magica, One Punch Man, Samurai Champloo. No están todas las que son, pero son todas las que están.

Hay dos cosas en común en las series anteriores. Son populares y gozan de éxito, y además lo hacen mediante la subversión de sus respectivos ámbitos, dando la vuelta a las fórmulas sobreexplotadas: combates de robots, chicas mágicas, superhéroes o samuráis. El talento de sus creadores -y su valentía, al atreverse con una fórmula innovadora en un sector tan conservador como el manganine- hace madurar a la industria, abre nuevos horizontes y dicho sea de paso, permite que el estigma juvenil de los dibujos japoneses sea cada vez menor.

Este artículo no es solo un manifiesto clasificatorio, sino que persigue una reflexión sobre la deuda creativa que sufre el manganine -y de la cual se aprovechan los subversivos- la cual se hace patente en el ejercicio de fórmulas tópicas y estereotipos que tratan de repetir una y otra vez lo mismo. ¿Estamos dispuestos para dejarnos sorprender, o acudimos siempre a las series que ya de antemano nos atraen por temática?

Personalmente, pienso que en el consumo de manga -así como en el consumo de cultura en general, aunque ahí es menos evidente- todos tenemos una cierta “zona de confort” en la que nos quedamos atrapados, buscando siempre repetir las sensaciones de una serie, película o cómic que nos gustó. No hay nada malo en querer más de lo mismo, pero tampoco debe convertirse en una barrera para expandir nuestros gustos.

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