El ‘efecto kimono’

La apreciación del arte no sólo depende del objeto a apreciar, sino también del sujeto que aprecia. La cultura y arte japoneses, al ser a menudo tan diferentes y exóticos de lo occidental, pueden ser percibidos por el público europeo o americano con un hándicap de sensibilidad que perjudica a la obra. El efecto kimono es un término que describe una de las consecuencias de esta realidad.

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El crítico Antonio Weinrichter acertaba al mencionar que “el espectador occidental reaccionaba mejor ante una película oriental de corte histórico que ante otra de ambiente contemporáneo”. A esto lo denominó ‘efecto kimono’. Aunque se puede caer en la acertada sospecha de malinterpretar el actual cine japonés, como otra vuelta de tuerca de exotismo, donde lo extremo, la diferencia y el deseo de ver cosas novedosas llevan al espectador a apreciar este tipo de cinematografía como un reflejo de la mentalidad colonial. Interpretando lo oriental como “lo otro”, “lo extraño”, “lo exótico”, un orientalismo, que según Edward Wadie, procede de una arraigada invención occidental.

Ángel Román: El arte como Pantalla

Este fragmento que señala el origen del término efecto kimono nos permite entender a qué se ha enfrentado el cine japonés cuando ha llegado a ojos occidentales. La percepción de un occidental puede tender la “trampa” de hacerle apreciar una película de una forma erróneamente superficial por las diferencias estéticas presentes en ambos tipos de cine, obviando el contenido real del filme o malinterpretando el significado. Claramente, es aplicable también al resto de artes, no sólo al cine.

El peligro, dice Rubio, es el efecto kimono, que se valoren las obras por ser exóticas. Sobre todo porque en realidad es un mundo que tiene que ver con el nuestro. No sólo Murakami, que, dice Rubio, tiene envoltorio occidental pero es enormemente japonés y cuyo gran tema “es la orfandad de los personajes, una profunda crisis de valores, de referencias, de autoridad”. “Son también muy interesantes para hoy las novelas de la época Meiji, de 1868 a 1912, como las de Soseki, una época de búsqueda angustiosa de la identidad por los escritores japoneses una vez que lo occidental ha convulsionado sus valores. Hay aislamiento, incomunicación, se plantean hacia dónde van”.

Fuente: La Vanguardia

La literatura y el cine son especialmente sensibles a este efecto. La novela japonesa, en particular, goza de un trasfondo cultural no evidente para el lector no japonés, procedente de un país que apenas lleva más de un siglo abierto al exterior y que ha estado cultivando una serie de valores y sensibilidades únicas. Se tiende a apreciar lo que es distinto, a veces sin profundizar en los significados subyacentes, sin atribuir a la obra el verdadero mérito que merece y trivializando su significado.

Sin embargo, todo el mundo ha padecido este síntoma alguna vez. Cuando el nivel de conocimiento sobre una cultura extraña es escaso, es natural sentir una atracción sesgada hacia el arte de dicha cultura. Cuando en España vimos por televisión el anime japonés con Mazinger Z o Dragon Ball, el boom de lo japonés fue inevitable para la juventud de los 80 y 90 que, por suerte, poco a poco ha ido madurando, aunque aún le quedan muchos más años en el proceso. Gracias a ello, hoy en día obras eminentemente japonesas gozan de un relativo éxito comercial, pero al mismo tiempo, se han trivializado ciertos aspectos de la sensibilidad japonesa, como el seppuku o harakiri, pero tampoco nos vamos a extender en ello.

Acercarse por primera vez al arte japonés no es fácil; en ocasiones atrae por su exotismo, como bien representa el ‘efecto kimono’, pero también puede causar rechazo por su aparente falta de contenido. La belleza efímera de las estaciones del año, muy presente en los haikus japoneses, así como en muchas películas y novelas, es invisible para el occidental común, tildando a dichas obras de vacías o insulsas en muchas ocasiones.

El consumidor occidental inteligente debería mantener una distancia prudencial con aquellos temas del arte (japonés, en este caso) que no entiende o percibe simplemente como exóticos; realizando un trabajo de acercamiento objetivo a la cultura si así lo desea, pero sin emitir juicios de superioridad desde su perspectiva occidental. Esto no es sólo una cuestión de respeto hacia el legado japonés, sino también una forma de apreciar mejor lo que nos llega desde el país nipón.

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