Doraemon, embajador de Japón


Abría la puerta hacia un mundo nuevo, con sus gadgets, era el juguete que todo niño quería tener. En esa época tan confusa y con tantos interrogantes y pequeños desafíos como es la infancia, los inventos del gato cósmico eran un oasis para la imaginación en la que soñar con un mundo más fácil, en donde las injustas presiones de la infancia desaparecían durante unos minutos.

El Japón de Doraemon que veíamos a través de la televisión de los años 90 era, a su vez, un mundo nuevo. Todo empezaba en esa casa rústica, en la que todo el mundo se quita los zapatos al entrar. Cuando estaban en casa, toda la vida se hacía en el suelo. Doraemon, sentado en el tatami, come sus deliciosos dorayakis -unos bollos que siempre habíamos pensado que eran de chocolate, pero son de pasta de judía- aunque en ocasiones también se metía dentro del kotatsu. Todos estos ingredientes, típicos de la tradición doméstica japonesa, se fueron implantando lentamente en nuestro subconsciente infantil.
Cuando Nobita fracasa una y otra vez en los exámenes del colegio, no podíamos dejar de sentirnos identificados con él. Es probable que ninguno de nosotros haya obtenido tal cantidad de ceros como nota -o puede que sí-, pero hay una idea permanente aquí: la presión académica a la que todos nos hemos visto sometidos de pequeños en mayor o menor grado. Recuerdo ver la dura disciplina del profesor, la imagen de Nobita y sus compañeros limpiando las aulas como castigo y lo exigente que era ese colegio japonés con los horarios de entrada. En su momento lo interpreté como una mera hipérbole cuya finalidad sólo servía para hacer que los dibujos fuesen más divertidos… ¿pero acaso no es en cierto modo un reflejo de la férrea educación japonesa?
La tecnología estaba en plena explosión en los 90. Bueno, para ser honestos, lo sigue estando, pero podríamos clasificar el boom noventero, con los aparatos electrónicos, como el que de verdad cambió el modo de entender la vida. Ya por aquel entonces se señalaba a Japón como la vanguardia de la tecnología, y Doraemon también tiene su parte de responsabilidad en el asunto. Él, un gato robot entrañable, comprensivo y carismático, es japonés. Doraemon es un producto de una cultura con una fuerte tendencia a la tecnología y lo digital: en especial cuando sirve para satisfacer a uno mismo.
Nos echamos las manos a la cabeza cuando pensamos en un futuro “japonés” en el que los robots sean los mejores amigos de los humanos y la sociedad se retraiga sobre sí misma, cortando las relaciones sociales tal y como se conocen hoy en día. Pero no entendemos que el deseo de una compañía artificial ya lo tuvimos todos cuando disfrutábamos de la amistad entre Nobita y Doraemon, y que es inteligente comprender que nuestra naturaleza humana tiene una atracción a lo artificial que no podemos reprimir. En última instancia, ¿no nos ha plantado Doraemon una semilla para empezar a abrazar la Inteligencia Artificial con más amplitud de miras?
A través de los personajes de Doraemon, en ese mundo tan lejano que es Japón, identificábamos rápidamente al abusón Gigante, al listillo Suneo o a la chica que nos hacía tilín Sizuka. Luego, sin embargo, había características a priori sorprendentes entre ellos, pero que cobran sentido al ponerlas en relieve sobre el trasfondo cultural de la serie. ¿Por qué Gigante estaba tan obsesionado con ser cantante? Bajo esta afición aparentemente aleatoria se esconde una arraigada costumbre japonesa: el karaoke, vía de escape para soñadores que quieren alcanzar la fama como estrella del pop. El padre de Nobita, tan habituado a llegar a casa con unas copas demás, no representa más que al típico salaryman japonés que acude al bar con sus compañeros de trabajo tras una fatigosa jornada de horas extras.
Al final, Nobita siempre sale escarmentado por querer utilizar los inventos de Doraemon para hacer trampas o engañar a alguien. A través de esto, además de una evidente intención de moraleja para el niño, se intenta alentar al espíritu de superación y el esfuerzo, claves de la sociedad japonesa. Aunque, a decir verdad, todos habríamos abusado de los inventos del bueno de Doraemon para hacernos la vida más fácil en más de una ocasión, ¿verdad?

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