El diseño italiano y la casa tradicional japonesa. La mirada de Bruno Munari

Por Luis Caldeiro

En 1966 se publica el libro El Arte como Oficio, obra de uno de los más grandes diseñadores italianos de todos los tiempos: Bruno Munari. En ella describe la casa tradicional japonesa y confiesa su admiración por las soluciones que el genio constructivo nipón da al ámbito del hogar.

El título El Arte como Oficio ya es de por sí un manifiesto, una auténtica declaración de principios: en un mundo donde la obra artística lo es porque así lo decide el discurso de los entendidos (críticos, galeristas), proclamar en Arte los valores del oficio, del conocimiento, de lo artesanal -que es al fin y al cabo como se concebía el arte antes de que el Romanticismo convirtiera al artista en un iluminado- constituye toda una osadía. “No debe existir” –proclama en el capítulo número uno- “el arte separado de la vida con cosas bellas para mirar y cosas feas para usar”. Y por si no quedara claro, afirma que es necesaria “una obra de demolición del mito del artista divo que produce sólo obras maestras para las personas más inteligentes”. En este contexto, “el proyectista restablece hoy el contacto, perdido desde hace tiempo, entre el arte, entendido en el sentido de algo vivo y público que vibre, y su destinatario”.

Es precisamente durante esa década, los sesenta, cuando Munari empieza a frecuentar Japón. Fascinado por la belleza y la simplicidad de formas de su cultura tradicional, por el espíritu Zen, en 1965 diseña en Tokio su Fontana a cinque gocce (“Fuente a cinco gotas”), en la que éstas caen de forma casual en puntos predispuestos, generando una intersección de ondas cuyos sonidos, captados por micrófonos situados bajo el agua, resuenan en la plaza donde se encuentra la instalación.

No es de extrañar, pues, que un capítulo del libro se titule “Cómo se vive en una casa japonesa tradicional”. Munari confiesa que “siempre soñé, desde la infancia, vivir en una casa japonesa hecha de madera y papel”. Y señala que ha aprovechado una de sus estancias en Tokio y Kioto para vivir tres días en una de estas casas y así poder “usarla, observar sus detalles, los espesores, los materiales, los colores; mirarla desde dentro y olerla; e intentar comprender las razones constructivas y prácticas que presidieron su creación”. Lo que sigue a continuación es el verdadero periplo de un occidental, diseñador por más señas, por las soluciones que la tradición japonesa da ese espacio que conocemos como “hogar”. Un periplo lleno de curiosidad y fascinación, como cabe imaginar.

En mi anterior artículo, dedicado a reseñar la obra El Elogio de la Sombra, de Junichiro Tanizaki –libro que tiene con El Arte como Oficio varios puntos de contacto-, señalo que lo que llamamos “Oriente” es el constructo que ha forjado Occidente para designar a la Alteridad, a su reverso, a lo opuesto a él. Y la casa es otro de los ámbitos -uno más- donde se aprecia la brecha entre los dos antagonistas.

Nada es igual en Japón. Las diferencias comienzan incluso antes de entrar al hogar propiamente dicho. Mientras en Occidente “llevamos en casa los zapatos de la calle y llevamos la suciedad de la calle hasta el mismo dormitorio”, en Japón existe un espacio “casi siempre pequeño, que separa la entrada de la casa de la calle”. Una separación que el autor considera “más psicológica que física”: “Se abre la puerta y uno se halla en casa. La entrada tiene el pavimento de piedra gris natural y allí se dejan los zapatos; luego, sobre un peldaño de madera se encuentran las zapatillas limpias y se anda por el suelo de la casa algo elevado”.

Entrada de una casa, en la que podemos identificar dos pares de geta

Una vez dentro, bien sea llevando zapatillas, bien caminando sólo en calcetines, notamos una sensación agradable a los pies: el suelo está tapizado enteramente de un suave elemento llamado tatami: “es una estera de paja fina trenzada muy apretadamente y su color es el de la hierba cuando va a secarse (…) y mide casi un metro por dos: la medida de un hombre echado”. No sólo descansan los pies: también la vista. “No existen muebles de adorno. Todo lo necesario se guarda en armarios de pared (…) Todo está allí, incluso las camas, es decir, los colchones y la ropa de cama”. Llegado el momento, “se saca el colchón del armario de pared, se pone sobre el tatami (lo cual no es como ponerlo en el suelo), se prepara para la noche y se duerme”. Sencillamente, todo es simple y funcional. Tanto, que al final de la comida, tras retirar platos y cubiertos, la habitación donde se ha comido “se convierte en sala de estar y luego será dormitorio”.

No sólo no hay muebles aparatosos, sino que apenas se ponen adornos: tan solo un cuadro (“no siempre el mismo; los demás se conservan enrollados en los armarios de pared”) y un florero preparado con gusto. Nada que ver con la profusión de objetos –a veces asfixiante- que puebla nuestras casas. Ambos adornos se colocan en la parte del hogar llamada Tokonoma, que es una “especie de nicho cuadrado con el pavimento más elevado”, construido “con viejos materiales de la casa antigua, un nexo con el pasado”.

Humilde tokonoma con cerámicas

Pero quizás una de las características más fascinantes de la casa japonesa tradicional sea la inexistencia de paredes y puertas tal como las entendemos en Occidente. “En nuestros países tenemos fuertes puertas con pestillos y cerraduras, con bisagras y pasadores, y cuando las cerramos, se oye un gran ¡paf!”, señala el autor. En Japón, por el contrario, la casa “tiene todos los tabiques interiores móviles, salvo donde hay paredes que ejercen una función sustentante”. Las paredes exteriores también son correderas, “excepto donde han de ser fijas a causa de los servicios”. Donde aquí habría una sólida pared de ladrillo, allí hay un ligero tabique corredero, hecho “de papel montado sobre ligeros bastidores de madera”, que se desliza “por una canal incidida en la madera entre un tatami y otro, de 2 mm apenas”. Si en nuestros hogares las puertas hacen un fuerte ¡paf! al cerrarse, “cuando se cierra una puerta de papel se oye…”, se pregunta. Como puede verse, todo contribuye a la serenidad.

Munari continúa alabando durante todo el capítulo las “conquistas” (es la palabra que utiliza) de la casa japonesa. Menciona, al igual que Tanizaki en El Elogio de la Sombra, el excusado, espacio resuelto, en su opinión, “con simplicidad y poesía”. Y coincide con el autor japonés en evocar la sensación de paz y sosiego que le invade en ese lugar: “por la ventanilla del retrete se ve un árbol, un trozo de cielo, un muro y un seto de bambú”. Por si aún hubiera dudas sobre la enorme sabiduría del constructor japonés, el diseñador recuerda que “los materiales para la construcción se usan en estado natural y según una lógica natural. Por ejemplo: en una casa de madera, ¿qué deberá ponerse en el techo (donde ponemos las tejas)? Se pone una cubierta de corteza de ciprés. Porque la corteza es la parte del árbol acostumbrada al sol y al hielo, a la humedad y a la sequedad”.

La madera es onmipresente en los interiores

La casa, el ámbito doméstico, es la prolongación de nuestra forma de ser. Así como entendemos el mundo, así es nuestra casa. Japón tiene hogares funcionales, relajantes y bellos por su simplicidad. Nosotros, acumulación de objetos y paredes de fuerte ladrillo que constituyen verdaderas fronteras, divisiones permanentes del hogar. Ellos viven en casas de madera y papel, algo para lo que se necesita, advierte Munari, “una educación especial”: “es preciso no apoyarse en las paredes, no se pueden tirar colillas (…), no se puede dar golpes con las puertas ni se puede derramar nada por el suelo”. Algo que nosotros, obviamente, sí hacemos. La conclusión final del capítulo, en referencia a nuestra cultura, no es optimista: “Como si todo esto no bastara, buscamos emplear materiales donde la suciedad no se vea. No eliminamos la suciedad, no intentamos ser más educados, basta con que todo ello no resulte visible y la cosa funciona”.

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