¿Cuánto hay de Ghibli en ‘La tortuga roja’?

Desde el márketing y los grandes medios se ha tratado de poner a Studio Ghibli como un ente “responsable” o “supervisor” de ‘La tortuga roja’, cuando sus creadores reales tienen suficiente prestigio por sí mismos. Sin embargo, es inevitable hacerse la pregunta. ¿Se nota el espíritu de Miyazaki y Takahata en el filme francés?

Dudok de Wit, máximo responsable de la película, no es un don nadie precisamente. Tiene un Oscar a sus espaldas gracias a su corto ‘Father and daughter’ (Padre e hija), un hito en su trayectoria que ya de por sí se puede considerar brillante. Holandés de nacimiento, su experiencia pasa por dirigir, guionizar e ilustrar mundos en los que se pueden palpar las emociones. La habilidad narrativa de Dudok de Wit con lo visual es intachable, un producto de la factoría franco-belga en la que el cómic que llamamos europeo ha encontrado a varios de sus máximos estandartes.

Pero entonces llega Studio Ghibli y decide distribuir ‘Padre e hija’ en Japón. A nadie se le escapa que el gran productor de animación japonés pasa por horas bajas; ya sea por la calidad de sus filmes o porque ya no sabe venderlos con tanta arte como ha venido haciendo -pese a mantener su calidad- con la figura de Miyazaki como genio atemporal. Quizá por eso Ghibli busca reinventarse y acudir a otras fuentes. Ojo, esto tampoco es nuevo: la influencia del cine occidental en Miyazaki y Takahata está más que reconocida y constatada; lo que no excluye a ‘La tortuga roja’ de ser una colaboración sin precedentes en su historial: es la primera coproducción internacional del estudio.

‘La tortuga roja’ tiene espíritu de cortometraje, a pesar de durar 80 minutos. Primero, por ser una película sin diáologos, en la que toda la atención se centra en la animación y la narración a través de la animación pura y dura. Su desarrollo encadena escenas cortas, que por separado podrían formar parte de tiras de cómic perfectamente válidas. El estilo de Dudok de Wit se nota firmemente unido a su trayectoria en el rodaje de cortos, enfrentándose por primera vez a un largo. Pero cuidado, que en ningún caso esta estructura desfavorece al filme en su totalidad. El hilo conductor de todas estas “miniescenas” cuenta una historia sólida, bella y resultona.

Los alardes visuales son escasos en la película. Aquí no hay grandes efectos especiales -salvo alguna excepción justificada- ni tampoco una animación que caiga en la opulencia, como podría clasificarse la firmada por Studio Ghibli. No, la técnica de Dudok de Wit es diferente; trata de sugerir al espectador a través de la austeridad. Austeridad en diálogos, en escenarios, en animaciones. Consiguiendo, con todo ello, que se mantenga una atmósfera de intimidad durante todo el metraje.

La ausencia de florituras no exime a ‘La tortuga roja’ de plasmar la isla como un lugar acogedor, y de centrarse en los pequeños detalles. La historia trata sobre un náufrago y su encuentro con un ser sobrenatural, la tortuga y su transformación en una hermosa mujer. El encuentro entre los dos personajes es una alegoría del ciclo de la vida a través de esos pequeños elementos del día a día. Podemos saborear aquí un gusto particularmente japonés en la representación de la relación de los personajes, su interacción con el entorno natural y lo trascendental que es la familia en la vida de una persona, capaz de llenar el vacío existencial hasta en una isla desierta.

Que Takahata haya sido supervisor artístico garantiza la frescura de la película, en la que no sólo el formato es sorprendente en los tiempos que corren -una animación tradicional que remite al clasicismo- sino que también resulta una apuesta arriesgada que en otro contexto habría estado reservada sólo al público más snob. Pero de nuevo aquí asistimos a esa habilidad de Studio Ghibli para llegar a todos los públicos con cintas que, en realidad, son de culto.

Algunos han señalado los guiños a Japón en la representación del mar, que por momentos recuerda a los míticos grabados ukiyo-e como la Gran Ola. Se nota también una representación del viaje hacia la madurez de los protagonistas, un tema onmipresente en la trayectoria de los creativos del estudio japonés. Si hubiera que simplificar el mensaje de ‘La tortuga roja’ en un solo concepto, ese sería el paso del tiempo, y de cómo lo efímero se convierte en bello: el “mono no aware”, imprescindible en la sensibilidad oriental.

Más allá de los análisis sesudos que persiguen a toda producción con el sello de Studio Ghibli, es innegable que la calidad de ‘La tortuga roja’ es incontestable. En esta época de mutua contaminación cultural entre continentes, sólo podemos seguir deseando más producciones como ésta, que celebran una mezcla de perspectivas artísticas de semejante nivel.

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